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Sánchez sobrevive… por ahora

El día 12 de julio, es decir, dentro de dos semanas se celebran elecciones autonómicas en Galicia y el País Vasco. Ambas estaban previstas para el mes de abril, pero el coronavirus las dejó en el aire hasta el final del estado de alarma. En principio iban a ser un mero trámite regional. En Galicia es hegemónico el PP y en el País Vasco el PNV. Son dos regiones en las que el PSOE juega un papel subalterno. En Galicia quedó tercero en los comicios de 2016 y en el País Vasco cuarto detrás del PNV, Bildu y Podemos. Pero de eso hace cuatro años, que en política es una eternidad. En aquel entonces gobernaba Mariano Rajoy y la epidemia quedaba aún muy lejos. Hoy llegan en el momento exacto para tomar la temperatura política a ambas regiones y luego hacer las extrapolaciones pertinentes.

El problema es que ninguna de las dos autonomías es muy significativa. No figuran entre las más pobladas, entre ambas no llegan a los cinco millones de habitantes, es decir, que juntas tienen dos millones menos que la Comunidad de Madrid y casi cuatro menos que Andalucía. Eso por un lado, por otro el mapa político de Galicia y el País Vasco es un tanto peculiar. En el País Vasco los partidos nacionales son minoritarios. Entre PNV y Bildu sumaron en 2016 casi el 60% de los votos mientras que el PP y el PSOE rebasaron de milagro el 20%. Otros partidos de ámbito nacional como VOX o Ciudadanos son inexistentes. Galicia es más parecido al resto de España. Allí el PP es el amo sin discusión. En 2016 obtuvo el 47% de los votos seguido a años luz por En Marea, que en su momento fue la marca local de Podemos y se quedó en el 19%. Pero en Galicia tampoco existen ni Ciudadanos ni VOX, que en el conjunto de España obtuvieron un 22% de los votos en las generales de noviembre.

Lo que pase en Galicia y el País Vasco es información útil, pero con muchos reparos ya que electoralmente hablando van bastante a su aire. Cuando la noche del 12 de julio se recuenten los votos el resultado podrá servirnos de orientación y poco más. Seguimos dependiendo de las encuestas con todas sus aproximaciones y errores. A lo largo de la última semana han salido varias en diferentes periódicos, amén de la del CIS que no merece la pena ni tener en cuenta porque Tezanos ha consumido ya la poca credibilidad que le quedaba a ese organismo.

En todos los casos coinciden en revalidar la victoria del PSOE, que ganó las elecciones de noviembre con la lengua fuera y después de haberse dejado 721.000 votos en los seis meses que transcurrieron desde la convocatoria de abril. En aquel momento el PSOE obtuvo el 28% de los votos y 120 escaños, una mayoría muy disminuida que le permitió formar Gobierno dos meses más tarde tras cerrar un acuerdo con Podemos (que también salió escaldado de las urnas) y pactar la abstención de los nacionalistas en la investidura.

Lo que a día de hoy nos dicen las encuestas es que nos encontramos ante un escenario muy parecido. Al PSOE le dan entre el 26% y el 29%, es decir, Sánchez ha resistido la embestida de la crisis sanitaria. No así su socio, que en noviembre obtuvo el 12,8% de los votos y que hoy o se queda como está o baja al 10%. Resumiendo, la izquierda o repite sus resultados o los empeora ligeramente. Si en noviembre obtuvieron juntos el 40,8% ahora podrían quedarse algo por debajo, pero no mucho. Es algo en cierta medida lógico porque son ellos quienes están en el Gobierno y quienes han tenido que enfrentar la crisis sanitaria. En otros países como Alemania la epidemia ha fortalecido al Gobierno, en el nuestro no le termina de derribar, pero tampoco le consagra.

La incógnita es saber cómo han evolucionado los tres partidos que están a la derecha del PSOE y que entre los tres obtuvieron el 42,5% de los votos y un total de 151 escaños frente a los 155 del PSOE-Podemos. La Ley D’hondt ya se sabe que recompensa al ganador con un generoso premio, por eso es importante quedar primero y huir del tercer y cuarto puesto. Aquí nos encontramos con que el PP crece en todas las encuestas entre dos y cinco puntos porcentuales. En todos los casos ese incremento se produce en parte a costa de VOX y en otra parte a costa de Ciudadanos. VOX disminuye ligeramente su esperanza de voto pero Ciudadanos no se hunde, al contrario, mantiene el tipo en torno al 6%-7%, lo que vendría a decirnos que está empezando a arañar votos a su izquierda, que en eso y en ninguna otra cosa consiste la reorientación estratégica de Inés Arrimadas. El movimiento es, por lo tanto, de izquierda a derecha. Podemos pierde a favor del PSOE y el PSOE a favor de Ciudadanos. En la derecha se recoge parte de lo que ha salido de estos últimos y algunos que regresan al PP desde VOX.

Al final los números son los que son y esos no cambian o lo hacen muy lentamente. En España hay 37 millones de personas con derecho al voto. Aproximadamente un 30% no vota, eso hace unos 12 millones. De los 25 millones restantes aproximadamente un 80%-85% vota a partidos nacionales, el resto a nacionalistas y regionalistas. Para que gobierne la derecha tiene que concentrar voto y llevarse el premio de la Ley D`Hondt tratando a un tiempo de desmovilizar lo más posible al adversario para que su electorado engrose, aunque sea temporalmente, las filas de la abstención.

Los bloques tienen un máximo de unos diez millones de votos y hay poco trasiego entre ellos, muy poco a corto plazo, algo más a largo plazo. Entre medias los nacionalistas como árbitro ocasional cuando no hay mayorías absolutas. Es un arbitro, eso sí, que suele pitar a favor de la izquierda, lo que obliga a la derecha a maximizar sus recursos electorales. Esto se sabe desde la Transición, cuando Suárez y Fraga se peleaban por controlar lo que entonces denominaban la “mayoría natural”. La izquierda lo tiene algo más sencillo porque sabe que cuenta de antemano con la simpatía de los nacionalistas, que tampoco hacen ascos a pactar con la derecha si pueden sacar algo a cambio.

Tal y como está configurado el mapa hoy el beneficiado es Pedro Sánchez, que se lleva el premio del primer puesto, cuenta con el bonus nacionalista y mantiene a la derecha dividida en dos partidos. Esto, evidentemente, no le va a durar siempre, pero le ha permitido sobrevivir a la crisis del covid-19. El futuro, no obstante, presenta nubarrones. La situación económica se deteriorará notablemente y es una incógnita si los nacionalistas catalanes volverán a romper la baraja como hicieron hace unos años cuando arreciaba la anterior crisis. Ciudadanos, por su parte, no ha desaparecido, se está convirtiendo en otra cosa que a Sánchez le viene muy bien para rematar mayorías mientras gobierne, pero que en las urnas podría terminar arrebatándole más votos de los que se puede permitir.

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