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Un impeachment muy oportuno

Es complicado traducir el término «impeachment» porque es algo que no tenemos en ningún país de habla hispana y, por lo tanto, no se ha acuñado vocablo alguno que designe este proceso con plena fidelidad a su significado original. Para entendernos, un «impeachment» en el ordenamiento estadounidense es un juicio político reservado a una serie de altos cargos, incluido el de presidente. Podríamos traducirlo como destitución, impugnación, revocatorio o vacancia presidencial, que es como denominan en Perú a un proceso similar.

Tanto da, el hecho es que Donald Trump se enfrenta a ello tras haberse decidido por fin el Partido Demócrata a iniciarlo. Digo por fin porque esto de intentar sacar a Trump de la presidencia antes de tiempo mediante un «impeachment» no es cosa de ahora. Los demócratas acarician esta posibilidad desde hace bastante tiempo.

Lo barajaron con el escándalo de la trama rusa que quedó cauterizado hace unos meses con el informe Mueller, que exculpó al presidente de obstruir a la Justicia. Otra de sus cartas para quitarse a Trump de en medio fue el escándalo Stormy Daniels, que estalló hace ya casi dos años y en el que se acusaba al presidente de haber comprado el silencio de una actriz porno, la propia Stormy Daniels, con quien había mantenido relaciones íntimas en el pasado. Esto último es un asunto privado y, por lo tanto, no es ilegal, pero si lo es desviar dinero de la campaña para asuntos tan personales. La cosa no prosperó porque Trump reconoció haber hecho ese pago sí, pero de su bolsillo. Caso cerrado.

Con Trump ha sucedido algo curioso. La política en EEUU era extraordinariamente puritana. Los deslices de alcoba acababan en el acto con las carreras políticas más brillantes y prometedoras. A pesar de que medio país está divorciado, no se admitía el divorcio en los candidatos a presidente, por lo que todos trataban de ofrecer una imagen prefabricada de familias perfectas con esposas recatadas, abnegadas y dedicadas a las labores del hogar. Trump se presentó con dos divorcios a sus espaldas, una esposa eslovena 25 años más joven y una vida sexual muy activa de la que, además, le gusta presumir.

Esto arrebataba a los demócratas la principal de las bazas para acabar con él por la vía rápida. Trump tiene otros defectos, pero no es un moralista, pertenece a esa rama del conservadurismo que, de cintura para abajo, hace de su capa un sayo y no tiene intención alguna de pedir perdón por ello. Sin poder atacar la vida privada sólo les quedaban las posibles metidas de pata en el exterior y a eso mismo es a lo que se han aplicado.

Con la trama rusa no hubo suerte así que ha sido otra trama, la ucraniana, a la que se han agarrado los demócratas para el «impeachment». ¿En qué consiste esa trama? Bien, vayamos por partes. En Ucrania gobierna desde mayo de este año un tipo llamado Volodímir Zelenski, que ganó las elecciones hace unos meses a Petró Poroshenko. Bueno, ganó no, arrasó. En la segunda vuelta le sacó 50 puntos. Es, al menos por ahora, un presidente bastante popular.

Hasta aquí todo correcto. Según se ha sabido después, la noche de la victoria, el 21 de abril, Trump llamó a Zelenski para felicitarle, pero antes de eso le había bloqueado 400 millones de dólares en ayuda militar para presionarle con objeto de que investigase a Hunter Biden, hijo de Joe Biden, que estuvo trabajando en una empresa gasística ucraniana acusada posteriormente de corrupción. Este escándalo podría salpicar a Hunter y, especialmente a su padre. Trump ofreció a Zelenski la ayuda de Rudolph Giuliani, ex alcalde de Nueva York y abogado muy cercano a la Casa Blanca.

¿Era eso ilegal? Más que ilegal inapropiado porque, de ser cierto, Trump habría empleado dinero público para sus fines personales, es decir, neutralizar a Joe Biden, que se presenta a las primarias demócratas y que podría llegar a ganarlas. Biden es un candidato relativamente temible. Fue vicepresidente de Obama durante ocho años y ofrece una cara algo más moderada que los jóvenes del partido como Beto O’Rourke o las justicieras del «batallón» formado por Ocasio Cortez, Ilhan Omar, Rashida Tlaib y Ayanna Pressley.

Pero, aparte de la prueba circunstancial, aquí los demócratas tienen pruebas de cargo. La conversación entre Trump y Zelenski se ha hecho pública y Giuliani reconoció haber hecho indagaciones sobre la empresa Burisma Holdings en la que Hunter Biden prestó sus servicios durante cuatro años. También se ha sabido que, efectivamente, las transferencias de ayuda a Ucrania se paralizaron durante la primavera pasada.

Como vemos el caso está mucho mejor amarrado que el de la trama rusa, pero esto no significa que vaya a prosperar. Por dos razones. La primera porque no depende exclusivamente del Partido Demócrata, la segunda porque se trata de un juicio político, no de un juicio penal. Los que van a juzgar no son magistrados o un jurado, sino los representantes y los senadores.

El proceso en sí consta de tres partes. En la primera la Cámara de Representantes investiga si las acusaciones están bien fundamentadas. Ese es el primer paso, el que acaba de iniciar Nancy Pelosi. Si procediese, las conclusiones serían sometidas a votación en la cámara. Basta con una mayoría simple. La cámara tiene 435 escaños por lo que la mayoría son 218. Los demócratas cuentan con 235, luego sería aprobado sin problemas. En ese momento Trump pasaría a estar «impeached», es decir, impugnado.

Y aquí empieza lo difícil porque en ese punto la cámara se desentiende del tema y le pasa la pelota al Senado, donde para destituir al presidente harían falta dos tercios de los votos. Como el Senado tiene cien miembros serían necesarios 67 votos a favor. Esto ya es más complicado. Por un lado en el Senado hay mayoría republicana (53 frente a 45), por otro los demócratas tendrían que convencer a 22 senadores republicanos, cosa poco menos que imposible.

Resumiendo, que es poco probable que este «impeachment» salga adelante, al menos con lo que sabemos hasta ahora. Quizá Pelosi tiene un as en la manga y está esperando para sacarlo en el momento oportuno. Pero si Pelosi no tiene nada hay que plantearse por qué se ha metido en esto a sabiendas de que va a fracasar. No lo sabemos muy bien. Tal vez espere que esto ayude a los demócratas en la precampaña caldeando el ambiente y exponiendo al presidente al mal trago de verse impugnado.

Pero bien podría volverse en su contra y que toda esta historia termine por ayudar a Trump. En cierto modo le van a hacer parte del trabajo de campaña. No tiene más que dejar que todo suceda y luego explotarlo en su propio beneficio. Puede dirigirse a sus fieles y mostrarles como el establishment ataca a la democracia o cómo la casta política washingtoniana se ha conjurado contra él. En un escenario tan polarizado como el actual, en el que ya apenas queda espacio para posiciones intermedias, una estrategia así podría funcionar muy bien y reagrupar voto en torno a la candidatura de Trump.

Hagamos memoria. En el anterior «impeachment», el de Bill Clinton en 1998 a cuenta del escándalo Lewinski, el presidente salió refortalecido, el Partido Republicano perdió cuatro escaños en las elecciones de medio término de aquel año y el promotor de todo el proceso, Newton Gringrich, fue obligado a dimitir como presidente de la cámara y hasta como representante. Su carrera política, que había sido fulgurante hasta aquel momento, se frenó en seco y no volvió a recuperarse. Seguramente Pelosi esto ya lo sabe, pero según están las cosas en el Partido Demócrata, probablemente no le quede otra.

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