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Canción triste de Génova street

Las aguas bajan turbias en el PP, muy turbias de hecho, más de lo que nunca lo habían hecho en cuarenta años de historia. El castañazo electoral del día 28 ha dejado todas sus vergüenzas al aire y ahora las cuchilladas ya no se las propinan a escondidas en la intimidad de la sede, sino en público y con cámaras delante. Algo impensable hace sólo unas semanas, algo imposible hace sólo un año.

Hace unos días Esperanza Aguirre, la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, volvió a cobrar protagonismo al recriminar al líder de su partido que hubiese dado una patada a Santiago Abascal en su trasero cuando el primero acusó al segundo de haber estado enchufado en el Gobierno de Aguirre cobrando un generoso sueldo. Desde Galicia llega mar gruesa. Feijoo, que no dio el paso cuando debió hacerlo, ahora pide cuentas. Los barones de Génova, antes compulsivos aplaudidores de Rajoy, se rasgan ahora las vestiduras y piden la cabeza de Casado.

Es la hora de las tortas, el momento en el que una década de trapos sucios salen a relucir para lavarse en público. Muchos se preguntan cómo un partido que llegó a tenerlo todo hace no tanto tiempo, ha podido deshacerse de esta manera. Y cuando digo todo es todo. Hace sólo cuatro años, en las vísperas de las municipales de 2015 el PP gobernaba cómodamente con 186 escaños en el Congreso. En el Senado su mayoría era incluso mayor. En las elecciones de 2011 obtuvo 136 senadores sobre 208, un 65%.

Controlaban 34 capitales de provincia con Madrid, Valencia, Sevilla y Málaga a la cabeza. En las autonómicas de ese año ganaron en doce de las trece comunidades en las que se celebraron elecciones. Disponían a placer de cabildos y consejos insulares y de los Gobiernos de Ceuta y Melilla. Nunca antes el partido de Fraga y Aznar había mandado tanto como en esa legislatura. Ese era el PP en mayo de 2015.

Ese mismo mes les llegó el primer aviso. El barco hacía aguas pero no querían verlo. Perdieron el 30% de su representación municipal incluidas las joyas de la corona: Madrid, Valencia y Sevilla. Perdieron también regiones como la Comunidad Valenciana que eran auténticos feudos y otros, como Aragón, que habían tardado años en conquistar y que no supieron retener.

¿Qué había pasado? Una parte de sus votantes se quedó en casa, otros se fueron a Ciudadanos, un partido que llevaba ahí muchos años pero que no había salido de Cataluña. La cúpula del partido, sorda y ensoberbecida, se negó en redondo a hacer la más mínima autocrítica. La culpa era de la crisis económica, de la prensa canallesca, de algunos asuntillos menores de corrupción o directamente de los votantes, que no estaban a la altura del partido.

Ni Rajoy ni su escudera Soraya Sáenz de Santamaría se dieron por enterados. Pensaban que los españoles sabrían valorar la estabilidad y los desvelos del Ejecutivo por acabar con la crisis y retomar la senda del crecimiento. Se equivocaron, pero no quisieron admitirlo. Era un pequeño traspiés que no se repetiría en las generales. Ahí está la hemeroteca como testigo mudo de su soberbia.

Llegó entonces el segundo golpe en diciembre de ese año. El descalabro fue mayúsculo. Perdieron 63 escaños de una tacada y, sino se terminaron de ir por el desagüe, fue a causa de que el PSOE se hundió en similar medida. La cara de Rajoy era un poema durante la noche electoral, no alcanzaba a entender cómo había sucedido aquello por la misma razón que nunca entendió por qué ganó las elecciones de 2011. Éstas y su desproporcionada mayoría absoluta se las había puesto en bandeja la hecatombe del PSOE de Rubalcaba, pero, inasequible a los hechos, quiso creer que se debía a su irresistible atractivo.

Arriola, que si hizo el cálculo adecuado, le dibujó una hoja de ruta que valdría sólo si había tres jugadores frente al tablero y dos de ellos se encontraban en el campo contrario. Con esta estrategia el PP ganaría siempre hiciese lo que hiciese porque los votantes del PSOE o se abstendrían (como en 2011) o votarían al tercero en discordia (como ocurrió en 2015 con Podemos).

La pizarra de Arriola era aparentemente infalible porque el votante del PP aguantaría carros y carretas, su proverbial disciplina le dejaría como mucho en casa, pero jamás votaría a otros por miedo al regreso del PSOE. Las elecciones consecutivas de 2015 y 2016 le demostraron que no tenía que ser necesariamente así. En aquel momento Rajoy debió dimitir y convocar un congreso extraordinario al que él, por descontado, no concurriese. Pero se amarró a la poltrona con la esperanza puesta en que, por un lado, la división de la izquierda persistiese y, por otro, lo de Ciudadanos fuese poco a poco desinflándose.

Fue en ese punto cuando se terminó de arruinar el PP. Ya no había vuelta atrás. Lo que muchos sospechaban quedó a la vista: el partido de Rajoy y Soraya era un simple aparato burocrático sin un sólo principio que lo moviese más allá de permanecer eternamente en la Moncloa administrando cargos, favores… y castigos.

Tan sólo faltaba un cebador para que la insatisfacción del votante habitual del PP se transformase en esperanza movilizada. Ese cebador fue el desenlace final del procés catalán. Durante seis años Rajoy había dejado crecer al monstruo cuando no directamente lo había alimentado. La crisis en Cataluña se había incubado lentamente delante de sus ojos y de los de su vicepresidenta sin que ninguno de los dos encontrasen motivo alguno para la alarma. Cuando todo se rompió en octubre de 2017 ya no tenía remedio. Habían llegado tarde a aquello como llegaron tarde (y generalmente mal) a todo. Dos oficiales de un registro esperando acontecimientos con la firme creencia de que todo se arregla con asignaciones del presupuesto. De lo demás no había que preocuparse porque la plaza la tenían en propiedad.

El Partido Popular nacido del congreso de Valencia en 2008 y apuntalado en el de Sevilla de 2012 creyó que los votos eran suyos en base a la posesión de unas simples siglas y al recuerdo de los buenos años de Aznar. Todo eso quebró el año pasado con el irrefrenable ascenso de Ciudadanos como opción de centro-derecha y de VOX como derecha pura. Sólo hizo falta que Rajoy perdiese el poder para que la gran ficción se mostrase tal cual era.

A partir de ahí, ni un año hace, el derrumbe fue tan desordenado como todas las demoliciones que se hacen sin control. La solución de urgencia encarnada en Pablo Casado llegó, una vez más, demasiado tarde. El partido quería volver a parecerse a sus votantes, pero éstos ya no estaban por la labor del volver. En un entorno multipartidista ya no tenía sentido que liberales y conservadores siguieran yendo de la mano.

Curiosamente el multipartidismo que ha acabado con la posición hegemónica del PP fue promovido activamente desde Moncloa pensando que a ellos nunca les afectaría. Nunca surgiría un partido a la derecha, nunca tendrían que pelear el centro. El sorayo-rajoyismo ha sido puro veneno, se lo han ido tomando a sorbos. Con ellos se jodió el PP y, salvo que medie un milagro, lo hizo para siempre.

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