Estados Unidos es prácticamente una isla en la forma de medir la temperatura. Mientras casi todo el mundo emplea la escala Celsius, los estadounidenses siguen empleando la escala Fahrenheit, un sistema que resulta incomprensible para todos aquellos que miden la temperatura en Celsius. Que nos digan que hace 32 grados de frío o 100 de calor solo tiene sentido cuando entendemos que hablan de otra escala muy diferente.
La necesidad de medir el calor y el frío es tan antigua como la civilización ya que permite anticipar las estaciones y proteger las cosechas. Pero durante siglos lo que no había era una medida común. Los primeros termoscopios mostraban las variaciones térmicas, pero luego cada artesano marcaba sus propias divisiones, lo que impedía reproducir experimentos y hacerse entender.
El siglo XVIII trajo la estandarización. En 1724, el físico alemán Daniel Gabriel Fahrenheit inventó el termómetro de mercurio de precisión y una escala basada en tres puntos. El 0 estaba en una mezcla de hielo, agua y sal de cloruro amónico, la fusión del hielo en 32 grados y la temperatura corporal humana en 96 grados. En 1742 el astrónomo sueco Anders Celsius propuso una alternativa vinculada a las propiedades del agua pura. El punto de congelación serían 0 grados y el de ebullición 100 grados. Su escala original estaba invertida y fue Carl Linneo quien le dio la forma actual.
La diferencia entre ambos está en la granularidad. Celsius dividió ese recorrido en 100 partes y Fahrenheit en 180, de modo que su grado es más pequeño. Ambas escalas coinciden en un único punto, los 40 grados bajo cero. La conversión entre ellas exige un ajuste aritmético complicado. La ventaja de Fahrenheit reside en su precisión para la vida cotidiana, ya que una franja de 0 a 100 describe bien las temperaturas habitables sin necesidad de usar decimales. La de Celsius es más natural y encaja con el sistema decimal, razones que explican que casi todos los países del mundo la adoptasen entre los siglos XIX y XX. Los científicos tienen su propia escala de temperatura, la de Kelvin, que es arranca en el cero absoluto y, por lo tanto, carece de números negativos.
En Estados Unidos intentaron hace medio siglo metrificar el país con una ley y una agencia, pero el rechazo popular impidió que avanzase. Hoy son prácticamente los únicos que siguen utilizando sus propias medidas, para la temperatura y para todo lo demás.


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