Cita en Pekín

Donald Trump regresa esta semana a Pekín casi una década después de su última visita en 2017. El escenario y el anfitrión son los mismos, pero las cosas han cambiado mucho desde entonces. Trump ya no es el recién llegado dispuesto a romper con China, sino un presidente curtido en su segundo mandato, empeñado en demostrar que su relación con Xi Jinping va mucho más allá de cubrir el expediente diplomático. Ambos llevan meses intercambiando cartas personales, un detalle revelador de cómo la geopolítica del siglo XXI ha dejado atrás los escrúpulos ideológicos. Pesan más las cadenas de suministro y la balanza comercial que los derechos humanos, como demuestra el caso del editor hongkonés Jimmy Lai, condenado a 20 años de prisión y cuya liberación Trump no tiene intención alguna en pedir.

El cambio respecto a China es sustancial. Trump irrumpió en política en 2016 acusando a los chinos de robar empleos y patentes. Durante su primer mandato les declaró la guerra comercial, persiguió a Huawei, intentó prohibir TikTok y restringió la exportación de semiconductores. La pandemia terminó por romper la relación. Biden mantuvo y endureció esa política, lo que terminó forjando un consenso en el Congreso en todo lo relativo a China. Ese consenso se está resquebrajando ahora, pero desde el partido republicano. El gobierno ha autorizado ventas de chips de Nvidia, ha despedido a expertos en China del Consejo de Seguridad Nacional y ha pactado con ByteDance que mantenga el control del algoritmo de TikTok.

Dos razones explican el cambio de parecer. La primera es que Trump ha centralizado las decisiones en un círculo mínimo encabezado por Witkoff, Kushner y el secretario del Tesoro, Scott Bessent, que es quien impone su doctrina de equilibrio con China. Marco Rubio, antaño azote del partido comunista chino, guarda hoy un silencio que habla por sí mismo. La segunda razón es más prosaica. China ha aprendido a devolver los golpes. Cuando Trump elevó los aranceles hasta el 145% el año pasado, Xi Jinping respondió con controles a la exportación de tierras raras, lo que hizo cundir el pánico y forzó la tregua que acordaron en Corea del Sur hace un año.

Trump llega a esta cumbre con el lastre de la guerra de Irán. Necesita que Xi Jinping presione a los ayatolás, principales suministradores de petróleo a China, pero, de forma un tanto paradójica, es la armada estadounidense la que impide salir los petroleros con destino a las refinerías chinas. Xi Jinping llega con una economía debilitada y una demanda interna muy floja. Ambos necesitan que la cumbre sea un éxito y que puedan presumir de haber alcanzado grandes acuerdos.

Sobre la mesa está Taiwán. Xi Jinping quiere que Trump se oponga formalmente a la independencia de la isla, una concesión que tendría un valor simbólico importante. En Pekín lo fían todo al tiempo. Saben que a Trump le quedan menos de tres años en el cargo y no desean provocarle. Tiempo es lo único que necesitan para que su economía remonte y Estados Unidos se canse de pelear en demasiados frentes.

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