Ningún objeto ha inspirado tanta literatura como el santo grial, una copa cuya existencia nunca se ha podido documentar. La imprecisión acerca de qué es, dónde está y si alguna vez existió es seguramente su mayor fortaleza, porque una reliquia bien localizada se convierte en pieza de museo. El grial, en cambio, permanece siempre a un día de camino. Su historia es en realidad la de quienes lo buscaron. Monjes cistercienses, cruzados, ocultistas, arqueólogos de Himmler, guionistas y novelistas proyectaron sobre él lo que cada época necesitaba encontrar, y por eso sigue vivo cuando otras reliquias medievales duermen en polvorientas vitrinas.
El objeto en sí aparece en el evangelio de forma muy fugaz. Los evangelios sinópticos cuentan que Jesús tomó el cáliz en la última cena, lo bendijo y lo repartió entre sus discípulos, luego desaparece de la historia. El punto de partida de los buscadores del grial es José de Arimatea, el hombre que pidió a Pilato el cuerpo de Cristo y le enterró en una tumba de su propiedad. Los evangelios apócrifos dieron mucha más importancia a José de Arimatea, que luego se convirtió en un viajero cargado de reliquias. La asociación entre José de Arimatea y un recipiente donde se habría recogido la sangre de Cristo en la cruz no cuaja hasta finales del siglo XII, cuando el borgoñón Robert de Boron cristianiza el objeto. Antes de él el grial existía, pero todavía no era santo.
El primero en ponerle nombre fue Chrétien de Troyes en 1180 en su inacabado “Perceval o el Cuento del Grial”. Un joven galés llega al castillo de un rey herido y presencia una procesión en la que una doncella lleva un grial, palabra que en francés antiguo designaba una fuente honda para servir alimentos. Perceval calla, no pregunta a quién sirve aquello, y esa cortesía mal entendida condena al rey y a su tierra. Chrétien murió sin resolver el enigma. Robert de Boron lo identificó más tarde con el cáliz eucarístico, luego sustituyeron a Perceval por Galahad y la aventura original se transformó en alegoría mística. No mucho más tarde un alemán, Wolfram von Eschenbach, hizo del Grial una piedra con propiedades mágicas, el “lapsit exillis”, que custodian unos caballeros, los “Templeisen” en un castillo. Es aquí donde entran los templarios en la leyenda. El hecho es que, a finales del siglo XIII, había ya cuatro griales, pero eran muy diferentes.
De esa multiplicidad nacen las lecturas posteriores. La eucarística traduce la misa al lenguaje de la caballería. La sanguínea convierte la vajilla en relicario. La dinástica, que imagina una descendencia carnal de Jesús protegida por sociedades secretas, no aparece hasta el siglo pasado. La lectura interior entiende la búsqueda del grial como un itinerario individual del alma.
Lo que si tenemos son santos griales físicos en distintas partes de Europa. El más famoso de todos es el Santo Cáliz que se conserva en la catedral de Valencia, hay otro más en la basílica de San Isidoro de León, otro en Galicia, otro en Gales, otro en Viena y otro más en la catedral de Génova, estos dos últimos son platos, no copas. Hoy son piezas de museo muy valoradas, pero eso no es inconveniente para que los modernos buscadores del grial sigan apostando por unas o por otras.
Para hablar de este tema vuelve a La ContraHistoria Carlos Pérez Simancas que, como bien saben los contraescuchas, es experto en este tipo de relatos que habitan entre la historia y la leyenda.
Bibliografía
- “Mitomancia” de Carlos Pérez Simancas
- “La búsqueda del Santo Grial” de Carlos Alvar
- “El Santo Grial: una historia diferente” de Roberto C. Chuliá
- “El Santo Grial” de Ana Mafé García
- “El Santo Grial” de Carlos Javier Taranilla




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