La peste de Siberia

Se llamaba Daria Shipilova y murió de madrugada el pasado día 2 en un hospital cercano a Irkutsk, la gran ciudad de la Siberia oriental. Tenía 28 años y trabajaba como técnico de laboratorio en el Instituto Antipeste de Siberia y el Extremo Oriente, un centro fundado en tiempos de Stalin para vigilar una enfermedad que nunca ha desaparecido de aquella parte del mundo. La versión oficial habla de una neumonía de origen desconocido. Eso es casi lo único que ha contado el Gobierno ruso desde entonces.

Las medidas adoptadas dicen bastante más que los comunicados. Se declaró la cuarentena en el hospital y otros centros sanitarios de la zona se cerraron a las visitas. Unas doscientas personas fueron aisladas o puestas bajo observación. Decenas de empleados del instituto pasaron días encerrados en el edificio a la espera de los análisis. Nadie monta algo así por una neumonía corriente. Un medio independiente siberiano publicó que Shipilova había roto días antes un tubo con cultivos de la bacteria de la peste. Las autoridades lo niegan, aunque el gobernador de la región vecina llegó a hablar de eso mismo. Un antiguo responsable sanitario lo descartó con un desmentido que dejaba la puerta abierta a las sospechas.

La peste sigue siendo endémica en zonas de Rusia, China, África e incluso Estados Unidos. Suele contagiarse a través de las pulgas de roedores infectados y se presenta en tres formas. La neumónica es la más peligrosa porque es la única que pasa de persona a persona. Se cura con antibióticos comunes, pero solo si el tratamiento empieza muy pronto. Preocupan además la aparición de cepas resistentes.

¿Puede extenderse? Los especialistas creen que es muy improbable. La peste neumónica exige un contacto muy cercano, mata deprisa y a los contactos se les suelen administrar antibióticos preventivos. Si hubiera habido contagios, a estas alturas ya se habrían visto nuevos casos. Irkutsk está además muy aislada, y la Organización Mundial de la Salud considera muy bajo el riesgo fuera de Rusia. El problema es que todo se apoya en información incompleta. Ni siquiera sabemos con certeza de qué murió.

Lo que inquieta aquí es el historial ruso en la materia. La Unión Soviética firmó en los años 70 la convención contra las armas biológicas mientras mantenía en secreto un enorme programa que trabajaba con la bacteria de la peste buscando cepas resistentes a los antibióticos. A finales de esa década un brote de carbunco en Sverdlovsk se atribuyó a carne en mal estado hasta que Borís Yeltsin admitió, muchos años después, que había sido una fuga en una instalación militar. En Estados Unidos están seguros de que Rusia nunca desmanteló aquel programa. No hay pruebas de que el instituto de Irkutsk tenga fines militares, pero precedentes como el envenenamiento del exespía Serguéi Skripal no invitan al optimismo.

Rusia está obligada a informar con detalle a la OMS y no lo ha hecho. El Gobierno de EEUU ha presionado por vía diplomática, algo curioso porque ellos mismos han abandonado este mismo año la organización. Entretanto, Kazajistán y otros países limítrofes han reforzado los controles en fronteras y aeropuertos. Lo más probable es que todo quede en un trágico accidente laboral con una sola víctima. Pero el problema de fondo no es sanitario, sino político. Un Estado que oculta lo que pasa en sus laboratorios convierte cualquier incidente menor en una crisis internacional.

Contenido:

0:00 Introducción
3:58 La peste de Siberia
15:26 ¿Puede propagarse?
24:29 La sombra soviética
33:26 La ContraHistoria del mundo en 25 mitos – https://link.amazon/B0e0fmt7O
35:04 Minas Gerais
43:07 Alexandre de Moraes
46:52 Restricciones a la movilidad

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