Lo último

La caravana como arma política

Hace poco más de un mes unas siete mil personas partieron de San Pedro Sula, en la costa atlántica de Honduras. Días después atravesaron la frontera con Guatemala a la altura de Esquipulas. Pudieron hacerlo sin problemas ya que entre estos dos países existe un acuerdo de libre circulación de personas. Una vez en Guatemala pasaron por la capital y continuaron camino hacia México. El Gobierno guatemalteco quería quitarse cuanto antes el problema de encima y puso facilidades para agilizar el tránsito.

El problema estaba en la frontera guatemalteco-mexicana de Tecún Umán con Ciudad Hidalgo, dos ciudades separadas por el río Suchiate que conforma el límite entre ambos países. Aunque la policía federal mexicana se apostó en el puesto fronterizo fue inútil su esfuerzo. La marea humana les desbordó por los costados atravesando el río y penetrando en el Estado de Chiapas, el más meridional del país. La caravana prosiguió su curso hacia la frontera con EEUU, situada a más de dos mil kilómetros, pero esa no la cruzarán tan fácilmente.

Que los hondureños emigren a EEUU no es algo infrecuente. Todo lo contrario. Se estima que hay casi un millón de ellos residiendo allí, la mitad aproximadamente de manera ilegal. En España también hay muchos: unos 100.000, la mayoría llegados recientemente porque no necesitan visado para entrar en la Unión Europea. Honduras es un país de sólo 9 millones de habitantes, lo que nos viene a decir que tiene al 13% de la población emigrada. Y no precisamente en buenos términos. Los hondureños salen del país como pueden y, una vez fuera, suelen emplearse en cualquier cosa.

La primera pregunta que deberíamos hacernos es por qué tantos huyen. Básicamente por dos razones. La primera es la pobreza y la falta crónica de oportunidades. La segunda es la inseguridad. Honduras es el país más peligroso del mundo y San Pedro Sula, localidad de donde salieron los emigrantes de la caravana, la ciudad más violenta del mundo.

Hace unos años tenía una tasa de homicidios tan grande que superaba a la de las zonas de guerra: 142 asesinados por cada 100.000 habitantes. Desde entonces se ha moderado un poco, pero sigue siendo muy alta. En San Pedro los que pueden permitírselo viajan en carros blindados con las lunas tintadas, viven en casas custodiadas por guardias armados y no salen de los centros comerciales y los clubs privados. A quien castiga la inseguridad es, por lo tanto, a los pobres, que padecen de continuo robos, asesinatos y extorsiones.

Es perfectamente normal que quieran salir de aquel círculo vicioso de pobreza y crimen. Cualquiera de nosotros lo haríamos. Pero no es fácil salir de Honduras. El país está emparedado entre dos océanos y tres vecinos (El Salvador, Guatemala y Nicaragua) que también son muy pobres. Para ir hacia el norte tienen que atravesar Guatemala y México, Es un camino larguísimo. Para que nos hagamos una idea, de Tegucigalpa a El Paso (Texas) hay 3.800 kilómetros, los mismos que de Madrid a Helsinki. Normalmente hacen la travesía en pequeñas partidas, lo cual entraña un sinfín de azares porque Guatemala y México no son países especialmente seguros.

En marzo de este año se organizó una primera caravana que entró en México y se fue diluyendo. Sólo unos pocos consiguieron llegar hasta la frontera norte, pero ya en pequeños grupos, esos que luego caen en manos de coyotes que, previo pago, les llevan hasta el otro lado burlando a la patrulla fronteriza de EEUU.

 Estamos, por lo tanto, ante la segunda caravana. Esta vez es mucho mayor y, sobre todo, ha concitado mucha mayor atención mediática. También coincidió con las elecciones de medio término, por lo que la izquierda estadounidense se despachó con ella a fondo. La gran obsesión de Trump es, a fin de cuentas, la inmigración ilegal. Algo como una caravana de siete mil inmigrantes camino de la frontera remueve las aguas de la política americana, más aún en plena campaña electoral.

La segunda caravana también ha ido desgastándose con los días, pero es tan grande que ni la policía mexicana consiguió desactivarla, por lo que desde hace una semana se limita a escoltarla por las carreteras de Chiapas. En el puente Rodolfo Robles sobre el río Suchiate trató de contenerla, pero fue en vano. Los inmigrantes se tiraron al río y lo atravesaron nadando o encima de neumáticos de camión. La policía mexicana se encontraba ante un dilema: o dejar pasar o disparar. Por fortuna escogieron lo primero porque de lo contrario aquello hubiese sido una masacre.

A partir de este punto y con la caravana ya en en el interior de México, ¿qué puede hacer el Gobierno mexicano con ellos? Tienen una patata caliente que puede terminar abrasándoles la mano. México se encuentra en un momento político muy delicado. Virtualmente no hay presidente. En poco más de una semana tomará posesión AMLO. Peña Nieto, entretanto, va recogiendo sus cosas de la residencia de Los Pinos y lo último que desea es meterse en un lío. Lo vimos el mes pasado en el puente sobre el Suchiate. La policía evitó que el asunto escalase. Peña Nieto no tenía nada que ganar y mucho que perder si aquello se desbocaba. No quiere abandonar el cargo con una matanza en su haber. Tampoco necesita ya complacer a Donald Trump para lo que le queda en la presidencia.

A AMLO, por su parte, le ha caído esto como un regalo del cielo y está dejando que la cosa tome cuerpo, luego ya verá como lo soluciona. Por de pronto se valdrá de la caravana como herramienta de presión. Al final todo es política y como política utilizará a estos siete mil infelices.

En el hipotético caso de que alcancen la frontera con EEUU no podrán entrar o, a lo sumo, lo harán en grupos mínimos. La caravana chocará contra esa frontera y se tendrá que disolver como sucedió con la del mes de marzo. Ahora bien, sienta un precedente que deberían tener en cuenta en Washington. Cuando haya pasado esta puede formarse otra. En Honduras, Guatemala y El Salvador hay millones de personas deseando salir, muchas de ellas dispuestas a arrostrar todo tipo de penalidades.

Si a AMLO le sale bien la jugada no tiene más que mirar hacia otro lado en los mil kilómetros de frontera que comparte con Guatemala, una frontera que en buena parte está sin vigilar porque atraviesa una selva tropical. En esos mil kilómetros sólo hay diez pasos fronterizos, casi todos pequeños, meros puestos aduaneros en carreteras secundarias con una barrera y una garita.

AMLO lo sabe y seguramente lo emplee como baza negociadora, algo similar a lo que hace Marruecos con la Unión Europea. Es política y en política todo se aprovecha, especialmente las desgracias humanas.

Anuncios

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: