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La nueva guerra fría

Hay noticias que pasan desapercibidas ante la barahúnda de teletipos que a diario inundan las redacciones y nuestros teléfonos móviles. Una de esas noticias fue la decisión de Donald Trump de retirarse del tratado INF (Tratado de Control de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio) el pasado mes de octubre.

Cuando la Casa Blanca lo anunció oficialmente muchos ni siquiera lo conocían. Hubo que hacer arqueología y allí, en los estratos más recientes de la guerra fría, apareció un acuerdo firmado en plena distensión por Ronald Reagan y Mijail Gorbachov unos días antes de las Navidades de 1987. Han pasado poco más de treinta años de aquello, pero a efectos geopolíticos se diría que ha transcurrido un siglo desde entonces.

El tratado en cuestión eliminaba todos los misiles terrestres con un alcance entre 500 y 5.500 kilómetros, lo que suponía desnuclearizar Europa de facto. Durante los primeros veinte años de existencia del tratado todo fue como la seda. Se desmantelaron casi 2.700 misiles con las verificaciones pertinentes y se dio por terminada la carrera armamentística en el viejo continente.

Pero justo cuando el acuerdo cumplía su vigésimo aniversario los rusos protestaron. En 2007 el jefe del Estado Mayor del ejército ruso, Yuri Baluyevsky, sugirió que barajaban retirarse del acuerdo porque la OTAN estaba desplegando un sistema de misiles en varios países del este de Europa que acababan de unirse a la alianza como Polonia, Rumanía o la República Checa.

Al año siguiente fueron los estadounidenses quienes se quejaron. Aseguraban que los rusos andaban probando misiles SSC-8. Éstos respondieron acusando a EEUU de emplear drones tipo el Reaper como plataforma de lanzamiento de misiles. Y bien, de acusación en acusación se pasaron diez años hasta que en octubre Trump decidió romper la baraja y abandonar el tratado. A partir de ahí era cuestión de tiempo que Putin hiciese lo mismo. Hace unos días el Kremlin anunció que ellos también renunciaban a lo acordado en el 87. Los dos sabían que el tratado estaba muerto, se han limitado a darle una digna sepultura.

Esto nos coloca ante un nuevo escenario que no tiene que ser mejor que el anterior. El melón de cualquier modo lo ha abierto EEUU. Lo han hecho según ellos porque Moscú está haciendo ensayos con misiles de crucero terrestres con un alcance de unos 500 kilómetros. Ensayando no desplegándolos, algo que no entraba en conflicto con el tratado. Pero lo que Rusia haya hecho no pone en peligro los intereses estadounidenses ni les obliga a igualar la capacidad.

EEUU es, de hecho, muy superior a Rusia desde el punto de vista militar. Posee un ejército mayor y mejor financiado. Cuenta con más efectivos y su gasto en defensa es diez veces mayor: unos 600.000 millones de dólares frente a los 60.000 millones de los rusos. Entonces, si la decisión de acabar con el tratado INF no se basa en necesidades de tipo militar, se abre un interesante debate de por qué Estados Unidos lo ha hecho.

Si el objetivo del Pentágono es redoblar la presión sobre Rusia para vigilar y contener a los rusos se puede concluir que retirarse fue un error. Con el tratado en vigor EEUU podía utilizarlo para denunciar las posibles violaciones y como fundamento para imponer eventuales sanciones a Rusia. Sin el tratado ambas palancas desaparecen y ahora Rusia queda libre para volver a instalar si lo desea el arsenal que desmanteló hace treinta años. Nadie podrá quejarse ya que no hay compromiso que se lo impida.

Entonces, ¿por qué Trump prescinde de semejante herramienta? Básicamente porque John Bolton, secretario de Seguridad Nacional, cree que se está mejor sin ella. Es de la opinión que la restricción nuclear negociada es una quimera. Puestos a echar una carrera intuye que su país la ganará porque puede poner más de medio billón de dólares encima de la mesa. A Rusia le costaría llegar a los 100.000 millones sin hacer añicos el presupuesto.

Trump por su parte en esto ve un doble motivo de alegría. Por un lado vende a sus aliados europeos (especialmente a los del este) que al fin se está poniendo duro con Rusia. Por otro libera a Putin de un acuerdo que no tenía demasiada voluntad de cumplir porque choca de frente con sus prioridades estratégicas, que ahora pasan por mantener convenientemente protegido lo que en Rusia se denomina el «extranjero cercano», es decir, las ex repúblicas soviéticas que aún le son afines.

A Trump no le interesa Europa. A los aliados occidentales los desdeña, a los orientales les hace alguna que otra carantoña, pero tampoco se desvive por ellos. Ha aceptado tácitamente la nueva frontera de la OTAN y no hará nada para que vaya más hacia el este. Las ampliaciones de la última década han tocado a su fin. Respeta el «extranjero cercano» ruso, su área de influencia por lo que no tiene problema alguno en que Rusia despliegue misiles y lo que crea conveniente.

A fin de cuentas la preocupación de los generales rusos no es la OTAN, son los misiles chinos, concretamente los Dongfeng de alcance intermedio. China no firmó el INF y nada le ata a él. ¿Por qué razón iban a estar EEUU y Rusia esposados por un acuerdo de hace tres décadas cuando el escenario geopolítico era tan distinto al actual?

A estas alturas Moscú ha asumido que la última expansión de la OTAN en Europa del este es irreversible, se conforma con mantener Ucrania y a las repúblicas del Cáucaso alejadas de la alianza atlántica. Su problema hoy está en las estepas centroasiáticas sobre las que China ha puesto el ojo. El Gobierno de Pekín lleva años cortejando a países como Tayikistán o Kirguistán, que comparten largas fronteras con China, pero no con Rusia.

Ídem con Mongolia, un país inmenso incrustado entre los dos gigantes. Hace tiempo que China se convirtió en su principal socio comercial, pero políticamente sigue siendo un satélite ruso. La ruptura y desaparición del INF hay que leerla en clave asiática no europea. EEUU y sus aliados simplemente han hecho un favor a Putin liberándole de un compromiso que no estaba dispuesto a cumplir.

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