
Hace ya más de dos semanas que estallaron las protestas en Chile y la crisis, lejos de remitir, se mantiene e incluso se complica. Todo ha sido muy rápido. Empezó la semana del 15 de octubre por una pequeña subida en el pasaje del Metro de Santiago y en sólo unos días se transformó en una auténtica batalla campal, primero en las calles de la capital y luego en las principales ciudades del país.
A día de hoy, aparte de la devastación material, las protestas se han saldado con 20 víctimas mortales, casi 600 heridos y cientos de detenidos. A pesar de ello nadie saben muy bien como detener algo que, por lo que se ve, ha adquirido vida propia ya que ni las protestas ni la violencia asociada a las mismas dan un solo día de tregua. El Gobierno de Sebastián Piñera está completamente desbordado y ha comenzado a dar palos de ciego. La oposición, por su parte, se encuentra ante la disyuntiva de alinearse con la barbarie de los manifestantes más radicales o defender el orden constitucional. Todos atacan a la parte visible del conflicto, casi nadie a la invisible.
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