Los mamelucos

Ninguna élite se ha jactado nunca de provenir de la esclavitud. Solo hay una excepción, la de los mamelucos de Egipto. Entre 1250 y 1517, durante 267 años, Egipto estuvo gobernado por hombres nacidos libres en las estepas del norte del Mar Negro y en las montañas del Cáucaso, que eran capturados cuando eran niños por tratantes de esclavos y luego vendidos a comerciantes italianos que los llevaban hasta Alejandría. Se les adiestraba en el oficio de las armas dentro de la ciudadela de El Cairo. Pasaban varios años aprendiendo árabe, estudiaban el Corán y la “furusiyya”, un entrenamiento ecuestre muy intenso que hizo de ellos los mejores arqueros a caballo del Mediterráneo. Al terminar la instrucción eran liberados y se les entregaba caballo y armas. Haber sido esclavos no era una vergüenza que trataban de ocultar sino un título del que presumían.

El sistema no era hereditario. Los hijos de los mamelucos nacían libres y musulmanes, es decir, nacían ya descalificados, de modo que la casta se renovaba con cada generación. La institución como tal había sido creada en Bagdad, pero solo fue en Egipto donde se emancipó del todo. El último sultán ayubí compró miles de mamelucos para ponerlos a su servicio y los acuarteló en una isla del Nilo llamada Rawda. A aquellos soldados se les conocía como bahríes y fueron quienes derrotaron a Luis IX de Francia en 1250, luego asesinaron al heredero ayubí y se quedaron con el sultanato.

Unos años más tarde, en la batalla de Ayn Yalut, detuvieron a los mongoles que habían arrasado toda Eurasia sin conocer la derrota. Uno de ellos, Baybars, que había participado en el magnicidio y mató después a su propio sultán, gobernó durante dos décadas un imperio con un gran ejército, una temible flota, fortalezas y hasta un correo que unía Damasco y El Cairo en solo cuatro días. Instaló en su corte a un superviviente abasí y le proclamó califa, una jugada magistral que le dio la legitimidad que le faltaba de origen. Sus sucesores tomaron Antioquía, Trípoli y por fin Acre en 1291, poniendo fin así a dos siglos de presencia cruzada en Tierra Santa.

El poder no se heredaba, se ganaba por prestigio militar. Cada emir mantenía su casa financiada con rentas de unas tierras que el sultán podía retirar cuando quisiera. La historia interna del sultanato mameluco es la lucha entre esas casas. Fue un imperio muy rico. La proverbial fertilidad del valle del Nilo estaba a su servicio, controlaban los puertos del levante y el comercio del mar Rojo, por el que entraban valiosos productos como la pimienta, el clavo o la seda. El Cairo creció y se transformó en una metrópolis muy poblada en la que floreció el arte, la literatura y el comercio.

A mediados del siglo XIV llegó la peste negra y, con ella, la crisis. Los nuevos mamelucos empezaron a llegar del Cáucaso, pero lo esencial no cambió. Lo que no supieron hacer fue modernizar su ejército. Despreciaban las armas de fuego portátiles porque las consideraban indignas de un caballero. Los otomanos de Selim I aprovecharon esa ventaja y derrotaron al sultanato en 1517. El último sultán fue ahorcado por órdenes de la Sublime Puerta, pero los mamelucos se las apañaron para seguir mandando en Egipto como gobernadores otomanos hasta que Mehmet Ali mando que les fusilasen ya entrado el siglo XIX.

Para hablar de los mamelucos y de cómo unos simples esclavos se hicieron dueños de un gran imperio nos acompaña hoy en La ContraHistoria José Soto Chica quien, naturalmente, en este programa no necesita presentación.

Bibliografía

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