El régimen iraní atraviesa una crisis muy aguda tras la muerte de Alí Jamenei a finales de febrero, que fue abatido junto a buena parte de la cúpula militar durante los ataques estadounidenses e israelíes sobre Teherán. Lo que Washington esperaba que fuese una transición ordenada se ha convertido en un vacío un tanto inquietante. Mes y medio después del magnicidio, los sucesores ni siquiera han logrado acordar una fecha para el funeral, algo que no se ajusta a la tradición del chiismo duodecimano, que exige el entierro inmediato. Mojtaba Jamenei, el hijo que parecía destinado a heredar el cargo, aún no ha aparecido y, si sigue ahí, está demasiado débil para imponerse. La descentralización de mando adoptada durante la guerra para evitar el colapso del Estado se ha vuelto permanente. En cierta medida Irán recuerda hoy a aquellos meses caóticos de 1979, solo que sin ningún Jomeini que aglutine a todas las facciones.
En ese vacío quien manda de facto es la Guardia Revolucionaria, los Pasdarán, un ejército paramilitar de unos 200.000 hombres que controla buena parte de la economía iraní mediante una tupida red de contrabando y evasión de sanciones. Con el ayatolá vivo eran el martillo obediente, ahora aspiran también a manejar el mango. La fractura dentro del régimen se ha hecho visible en las fallidas negociaciones de Islamabad. El 17 de abril, Trump anunció la reapertura del estrecho de Ormuz y el ministro iraní de Exteriores, Abbas Araghchi lo confirmó. Horas después, medios próximos a los Guardianes desautorizaron a su propio ministro, y al día siguiente varios barcos fueron tiroteados al intentar cruzarlo.
Las conversaciones de los días 11 y 12 de abril pusieron de relieve el problema. La delegación iraní, anormalmente numerosa (estaba compuesta por unas 80 personas, 30 de ellas con capacidad de decisión), daba fe de la división en el seno del régimen. Había diplomáticos veteranos como Majid Takht-Ravanchi junto a clérigos del ala dura como Mahmud Nabavian. Los mediadores paquistaníes pasaron más tiempo arbitrando peleas internas entre los iraníes que negociando con los estadounidenses. Bajo todo este ruido se esconde una gran fractura ideológica. Nacionalistas como Araghchi o Ghalibaf quieren pactar, negociar el levantamiento de las sanciones y reconstruir el país. Los islamistas revolucionarios sueñan con una bomba nuclear al estilo norcoreano y consideran que las milicias regionales como Hezbolá, hutíes o los chiítas iraquíes son la espina dorsal del eje de resistencia, algo completamente innegociable. A esto se suman los intereses materiales de una casta de generales-empresarios que vive precisamente de las sanciones.
La militarización interna avanza sin cesar. Las multitudes corean consignas contra los propios ministros, los comunicados militares desplazan a los sermones religiosos e incluso se habla de aplazar las elecciones municipales de mayo. EEUU exige congelar el enriquecimiento de uranio durante 20 años, eliminar sus reservas y reabrir Ormuz. Irán se decanta por moratorias más cortas. Pero aunque se firme un acuerdo, cualquier coronel de los Pasdarán puede convertirlo en papel mojado disparando contra un buque en Ormuz.
Podríamos estar ante una teocracia arrumbada por los pretorianos que esa misma teocracia armó. Hasta que ellos mismos se decidan Vance, Witkoff y Kushner viajarán a Islamabad sin saber realmente con quién negocian y ni siquiera si se presentarán a negociar. La jungla persa ha salido de su jaula, y habrá que acostumbrarse a convivir con ella.
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