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Samarcanda la grande

Si tuviésemos que situar en un punto el centro de la ruta de la seda caería en lo que hoy son las repúblicas de Uzbekistán y Tayikistán. Al sur de la primera no muy lejos de la frontera tayika se encuentra Samarcanda, una de las ciudades más antiguas del Asia central que, además, no ha dejado de estar poblada desde hace cerca de tres mil años. Samarcanda está en la mitad prácticamente exacta de la ruta. En línea recta dista unos 3.500 km de Constantinopla (la actual Estambul) y otros 3.500 km del valle del Yang Tse.

No sabemos cuando fue fundada pero si que al llegar Alejando Magno allí en el año 329 a.C ya existía. Los griegos dieron en llamarla Maracanda y con ese nombre se ha quedado hasta el momento presente. No se lo inventaron ellos, de manera similar la llamaban ya los sogdianos, un pueblo con el que Alejandro intimó hasta el extremo que se caso con Roxana, una princesa sogdiana.

Por su situación la ciudad pronto se convirtió en una de las escalas más importantes de la ruta de la seda. Cuando Marco Polo la visitó en el siglo XIII le pareció una ciudad «muy grande y espléndida«. Marco Polo no era un tipo fácil de impresionar. Venía de Venecia y había recorrido mundo. En aquel entonces Samarcanda era, efectivamente, una ciudad esplendorosa gracias a muchos siglos de comercio en ambas direcciones. La ciudad estaba llena de artesanos que trabajaban la piel, el metal y el cristal.

Muchas caravanas que partían de China se deshacían allí de la mercancía y la compraban otros mercaderes llegados desde el Mediterráneo. Esa actividad comercial tan febril proporcionó a los sucesivos gobernantes que tuvo la ciudad los recursos suficientes para levantar grandiosos palacios, mausoleos y mezquitas, muchos de los cuales aún se conservan.

El conjunto monumental más famoso es el llamado Registan, una plaza pública flanqueada por tres madrasas construidas entre los siglos XV y XVII. No muy lejos está el Chorsu, inconfundible por su cúpula. El Chorsu era un gran bazar en el que confluían varios caminos, de hecho en uzbeko chorsu significa «cruce de caminos». En el mismo casco histórico está la mezquita de Bibi Janum que, según cuenta la leyenda, fue levantada por un arquitecto que se enamoró perdidamente de la esposa de Tamerlán, uno de los gobernantes mongoles que tuvo la ciudad en el siglo XIV. La esposa de Tamerlán se llamaba Bibi Janum y al parecer el arquitecto se negó a terminar la obra hasta que Bibi le diese un beso.

Mezquita de Bibi Janum, levantada entre los siglos XIV y XV. Es uno de los principales monumentos de Samarcanda.

Se conoce que se lo dio porque la mezquita quedó concluida. La puerta principal tiene casi cuarenta metros de altura y está decorada con azulejos policromados. En el pasado tuvo cuatro minaretes, pero un terremoto a finales del siglo XIX los tiró junto a parte del templo. Posteriormente se reconstruyó, se restauró parcialmente y es uno de los principales reclamos turísticos de la ciudad.

Puedo continuar con las maravillas de Samarcanda hasta mañana pero no quiero abusar de la paciencia del lector. Os preguntaréis cómo llegar hasta allí. Muy fácil: Liligo.es. Basta con introducir la ciudad de partida y el sistema hace el resto. Lo normal desde España es hacer escala en Moscú o Estambul, aunque también hay vuelos desde Fráncfort. Acabo de mirar para dentro de un mes y Liligo.es me da un precio realmente bueno, sólo 597 euros i/v vía Moscú con Aeroflot. Eso sí, trece horas porque de Madrid a Moscú hay cinco más otras cinco de Moscú a Samarcanda. Uzbekistan Airways lo hace vía Estambul algo más caro, a 700 euros con la misma duración de trece horas.

Quizá trece horas os parezca mucho, y lo es, claro, pero tened en cuenta que cuando en el año 1400 Enrique III de Castilla envió a Ruy González de Clavijo a entrevistarse con el gran Tamerlán el viaje era cosa de varios meses. Clavijo estuvo dos años en Samarcanda y quedó maravillado con el espectáculo, de modo que es fácil deducir que a cualquiera de nosotros nos llamará igualmente la atención.

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