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Taleb o lo altamente improbable

Tan sólo pronunciar su nombre provoca un arqueado de cejas automático en el interlocutor. Para algunos es la impertinencia personificada, para otros es el gurú definitivo, el Montaigne de nuestro tiempo. Pero no nació en Francia, tampoco en Inglaterra ni en los Estados Unidos, lo hizo en el Líbano, en el pequeño pueblo de Amioun hace no mucho, en 1960. Amioun en arameo significa “lugar de los griegos” y aunque Nassim Nicholas Taleb no es griego si es cristiano ortodoxo de obediencia griega. Lo mismo que su padre, un prestigioso oncólogo libanés del siglo pasado, y todos sus antepasados.

Su lengua madre, sin embargo, es el árabe. Porque, aunque a muchos les parezca chocante, en países como el Líbano hablar árabe no es sinónimo de ser musulmán. Su apellido, de hecho, significa estudiante en árabe. Los talibanes afganos son eso mismo, los “estudiantes”, aunque éstos sólo estudian el Corán. Son hombres del libro, Nassim Taleb es hombre de muchos libros y, por lo tanto, está muy lejos del talibanismo, al menos en la acepción que recoge la Real Academia Española.

Estudiar estudió. Mucho y con muy buenas notas. Primero en el Liceo Francés de Beirut, luego en la Universidad de París. A Taleb, la guerra civil libanesa -que se extendió de 1975 a 1990- le pilló en plena adolescencia y como muchos de sus compatriotas tuvo que abandonar el país para labrarse un futuro. Aquello fue una tragedia para el Líbano, que quedó material y espiritualmente devastado. De la Suiza de Oriente Medio pasó a ser la antesala del infierno en unos pocos años. Los mejores se fueron, especialmente los más jóvenes que aún podían reconstruir su vida lejos de las bombas.

Taleb se graduó en ciencias en Francia y más tarde se mudó a Estados Unidos, donde obtuvo un master en la Universidad de Pensilvania. Corrían los primeros ochenta, Occidente se sacudía del letargo setentero y comenzaba la era dorada de los Reaganomics que reanimaron la economía y, con ella, el mercado de valores. Wall Street estaba de moda. Se hacían grandes cantidades de dinero al abrigo de la expansión económica y de los aires optimistas -y algo horteras, todo sea dicho- que encarnaban mejor que nadie los yuppies de la Gran Manzana.

Taleb era un joven experto en matemáticas financieras, es decir, disponía de los conocimientos idóneos para hartarse a ganar dinero en aquel ambiente. Se empleó como operador primero y luego como gestor de fondos de cobertura en alguna de las principales firmas de la City como First Boston, UBS, Indosuez, Bankers Trust o BNP Paribas.

Entonces sucedió lo imprevisto. Con poco más de 25 años presenció desde platea como toda aquella hoguera de vanidades se venía abajo un lunes de octubre de 1987. El Dow Jones se desplomó más de un 20% en una sola jornada. El tsunami había comenzado en Hong Kong unas horas antes y anegó todas las plazas financieras del globo. No hay nada como ver de cerca un naufragio para entender cómo y por qué los barcos se hunden. Cuando has presenciado como se iba a pique una flota entera de acorazados el aprendizaje es incluso más intenso y completo.

Pero sólo unos pocos sacaron conclusiones del siniestro. Taleb fue uno de ellos. Para entonces ya era rico y en la vida el dinero no da la felicidad pero si regala independencia, especialmente si uno quiere dedicarse a pensar a contracorriente. La filosofía, sin embargo, no es algo que practiquen los veinteañeros. Antes es necesario vivir, someterse al implacable ensayo-error que es la vida misma, pasar por el mundo y que el mundo le pase a uno por encima.

Por eso nuestro hombre se demoró tanto en romper a escribir. Entre medias siguió haciendo dinero y vio pasar por delante de sus ojos los felices años noventa, la quiebra en cadena de las empresas punto com ya en la bisagra del siglo y la debacle general de 2008. De estos dos traumas, especialmente del último, que la sociedad en su conjunto sufrió en carne propia, Taleb extrajo valiosas enseñanzas post traumáticas.

Cabría preguntarse por qué él y no otros. Por dos razones: la primera porque es un empirista escéptico listo como un lince y extraordinariamente bien formado, la segunda porque es libanés. Los libaneses son, a juicio de Taleb, la comunidad de inmigrantes más exitosa de Occidente. Tiene, según cuenta, mucho que ver el hecho de que se trata de un pueblo que ha padecido siglos de guerra, persecución religiosa, decenas de invasiones y mucha incertidumbre. La estabilidad, en definitiva, fragiliza. La variabilidad, lo incierto, el sortear continuamente lo improbable fortalece.

Y Taleb es precisamente eso, un gran estudioso de lo variable, lo improbable, lo incierto. Ahí nace la teoría que de seguro le granjeará la inmortalidad: la del cisne negro, título de una de sus obras más celebradas. Pero mejor vayamos al origen. Todos los cisnes son blancos, o lo eran hasta que una expedición holandesa descubrió el primer cisne negro en Australia a finales del siglo XVII. El impacto en Europa de este descubrimiento fortuito fue grandísimo entre los naturalistas. Creían que algo así era imposible por la sencilla razón de que nunca se había encontrado un ejemplar de otro color diferente al blanco.

Lo que esta historia del cisne negro australiano nos enseña es que la estabilidad pasada no garantiza la estabilidad futura por más que economistas, académicos y políticos en general se empeñen en decirnos lo contrario. Lo improbable termina siempre sucediendo y si nos detenemos a estudiar la historia comprobamos que ésta avanza en base a hechos inesperados y, por su naturaleza misma, impredecibles.

Claro, que a ver quién le explica esto al FMI, o al Banco Mundial, o a los gobernadores de la Reserva Federal y el BCE, o a las élites universitarias… o al penúltimo demagogo que asoma la cabeza en política prometiendo la dicha perpetua acompañada de un eficaz blindaje contra la incertidumbre. Taleb trata de explicarlo, aunque no tanto a los políticos, académicos, catedráticos, consultores o ejecutivos bancarios -a los que denomina peyorativamente como “trajes vacíos”-, sino al común de los mortales, a los que se juegan la cara todos los días en el mundo real tratando de salir adelante. Lo viene haciendo desde hace años a través de libros con títulos tan sugerentes como “¿Existe la suerte?“, “Antifrágil” o “Jugarse la piel” que se traducen a decenas de idiomas y son superventas instantáneos. Algo tendrá el agua cuando la bendicen y algo tendrá Taleb cuando todos le leen aunque, eso sí, no todos terminen de entender lo que dice.

Esto le ha convertido en el villano predilecto de banqueros y burócratas, ingenieros sociales y periodistas. Para estos últimos, a quienes apenas concede entrevistas, reserva algunos de sus menosprecios más punzantes: “Un erudito es alguien que dice menos de lo que sabe. Un periodista o un consultor es justo lo contrario” dijo en cierta ocasión. El periodismo hoy por hoy es, a juicio de Taleb, puro espectáculo muy alejado de la realidad y, por descontado, de la verdad. No seré yo quien le lleve la contraria.

Con esos credenciales la prensa trata infructuosamente de ignorarle. Aunque lo cierto es que no necesita demasiado a los medios. Sus libros se venden solos con o sin publicidad, tiene más de 350.000 entregados seguidores en Twitter y sus artículos en Medium, el famoso servicio de blogs, son leídos con fruición por una audiencia global sedienta de dolorosas pero necesarias verdades.

La verdad en Taleb pasa siempre por el que quizá sea su conceptualización más querida: “skin in the game“, es decir, jugarse el pellejo, lo que en castellano conocemos como predicar con el ejemplo. Taleb se ha jugado el tipo muchas veces a lo largo de su vida, tanto físicamente escapando de un país en guerra, como en el oficio de las finanzas -uno de los más implacables que existen- o en el mercado editorial.

Tal vez por eso mismo guarda sus dardos más cargados de veneno para lo que el denomina el “complejo soviético-harvardiano”, compuesto básicamente por políticos, burócratas, reguladores y académicos. Gente que decide pero que no paga por sus errores. En la última crisis era doloroso ver como los mismos que la habían provocado, los gobernadores de la banca central, los ministros de Economía, los grandes banqueros y la burocracia de los organismos internacionales, se iban a su casa de rositas con una jubilación dorada a costa de generar fragilidad a su alrededor.

En países como España, donde la crisis fue larga y profunda, el mensaje de Taleb caló con fuerza y hoy es uno de los autores más leídos, citados y comentados. No haría mal es dejarse caer por estos pagos más a menudo, aquí le aguarda una auténtica legión de admiradores. Y no es del todo extraño. El nuestro no deja de ser un país mediterráneo, mestizo, de torturada historia y en el que la incertidumbre fue siempre el pan y la sal de nuestros abuelos. Un país, en resumen, muy talebiano. Pero él, que aprendió arameo pero no español, aún no lo sabe.

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