Cuatro años después de perder el poder por la mínima, el bolsonarismo está a un paso de recuperarlo. El pasado domingo Flávio Bolsonaro, senador por Río de Janeiro e hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, se impuso en la primera vuelta de las presidenciales brasileñas a Luiz Inácio Lula da Silva, lo hizo por solo dos puntos. Ambos se medirán en la segunda vuelta a finales de mes, y las cuentas no favorecen al presidente. Los votos de los candidatos eliminados son mayoritariamente de derechas y, desde el regreso de la democracia, nadie que haya perdido la primera vuelta ha ganado la segunda. Además, Minas Gerais, el estado que siempre anticipa al ganador, se ha decantado por Bolsonaro.
Ninguna encuesta vio venir el vuelco, que tampoco se limitó a la carrera presidencial. El Partido Liberal casi duplicó sus senadores, la derecha se impuso en la mayoría de los estados y la familia Bolsonaro colocó en el Congreso a la esposa y a dos hijos del expresidente. Eso solo un año después de que el Tribunal Supremo condenase a Jair Bolsonaro a 27 años de prisión por conspirar para anular las elecciones de 2022. La izquierda dio entonces por muerto al bolsonarismo. Ha ocurrido lo contrario.
El giro electoral no se explica solo por el apellido. Brasil lleva ya unos años desplazándose a la derecha. Los evangélicos son ya más de la cuarta parte de la población, la delincuencia ha disparado la demanda de mano dura y el auge agrícola ha dado peso a un interior muy conservador. Una generación que no conoció la dictadura asocia el fracaso político con la corrupción y las crisis del Partido de los Trabajadores, que ha dominado la vida pública desde que empezó el siglo.
Lula ha contribuido también a su derrota. Hizo una campaña anclada en el pasado, centrada en su biografía y convencido de que ganaría a la primera. Su apuesta por el gasto público ha disparado los tipos de interés y extendido una sensación de estancamiento. Los votantes de centro se sienten traicionados por él después de haberle votado hace cuatro años. Tampoco ha previsto un sucesor. Jair Bolsonaro, en cambio, repartió el protagonismo entre su familia y figuras como el gobernador de São Paulo, Tarcísio de Freitas, o el diputado Nikolas Ferreira, que arrastra a millones de jóvenes en las redes sociales. La campaña fue durísima, sin debates y salpicada por un escándalo bancario. La abstención, por su parte, registró su nivel más alto en mucho años. Donald Trump, empeñado en recuperar influencia en Hispanoamérica, también ha puesto de su parte, pero menos que hace unos años, seguramente porque sabe que su apoyo explícito es muy gravoso para los candidatos que apoyo en el extranjero.
Si gana, Flávio Bolsonaro tendrá una gran mayoría parlamentaria de su lado, suficiente para presionar al Supremo y amnistiar a su padre. Será el último duelo entre Lula y Bolsonaro, pero la fractura seguirá ahí. Brasil es hoy más religioso, más temeroso de la delincuencia y menos paciente con un Estado que gasta mucho y rinde poco. Muchos de sus votantes no se fían de Flávio Bolsonaro. Simplemente quieren cambiar. Con el tiempo quizá descubran que han recibido mucho más de lo que pedían.
Contenido:
0:00 Introducción
3:41 ¿Vuelve Bolsonaro?
15:48 Un país que cambia
26:17 El último duelo
34:42 Elecciones en España
39:45 ¿Por qué convoca Sánchez?
47:03 Los riesgos de la IA




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