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El nuevo tripartito

A principios de enero la Junta Electoral Central inhabilitó a Quim Torra tras un recurso del PP y, parcialmente, otros de Ciudadanos y VOX. Estos partidos pedían la inhabilitación de Torra después de que el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña le condenase por desobedecer la orden de la propia JEC de retirar los lazos amarillos antes de las elecciones de abril. Aquello obligaba al presidente del parlamento catalán, Roger Torrent, a retirarle el acta de diputado. Al perder esa condición no puede ser presidente de la Generalidad, ya que el Estatuto exige que el presidente sea elegido por el parlamento entre cualquiera de sus 135 miembros.

Todo esto sucedió entre finales de diciembre y principios de enero. Quedaba en el aire si Torrent iba a cumplir lo dictaminado por el TSJC o, por el contrario, iba a hacer oídos sordos. Pero esto último hubiera supuesto un desacato y Torrent correría el mismo destino que Torra, es decir, la inhabilitación. En principio trataron de dilatar la cuestión echando papel encima. Torra recurrió la sentencia del TSJC y fue cuando el PP, Ciudadanos y VOX reaccionaron apelando a la Junta Electoral. En la de Barcelona les ignoraron, en la central les hicieron caso y ordenaron la inhabilitación cautelar hasta que se resuelva el recurso. Como vemos, una telaraña jurídica sobre la que Torra pretendía sostenerse, pero no le ha salido bien.

Aunque los independentistas vendan aquello de que son un sólo pueblo con una sola voz lo cierto es que están a palos desde hace años. Las diferencias no nacen del programa máximo, que no es otro que la independencia, en eso están de acuerdo, ambos quieren un referéndum y proclamar la república catalana. Difieren en el «timing». Junts per Catalunya lo quiere ya y de manera contenciosa si es preciso. Por resumirlo mucho, repetir el espectáculo del 1 de octubre con su referéndum y la posterior proclamación de la república. Podríamos pensar que viven en Babia, pero no, en Babia no viven, viven en Waterloo. Ese partido no se dirige desde Barcelona, sino desde el chalet de Carles Puigdemont a las afueras de Bruselas. Luego todo está a su servicio.

Puigdemont lleva huido de la Justicia desde hace 26 meses, sabe que no regresará a no ser que Cataluña se independice ya y de cualquier manera. No puede esperar diez o quince años. Para entonces nadie se acordará de él y, además, tendrá ya más de setenta años. Vamos, que no tiene vocación de Tarradellas, no le basta con que el día de mañana le dediquen una glorieta, quiere ser el primer presidente de la Cataluña independiente y ejercer de tal.

ERC ve todo esto de manera muy distinta. Empezando por el hecho de que su líder, Oriol Junqueras, está en España comiéndose el marrón. Lleva en la cárcel el mismo tiempo que Puigdemont dándose la gran vida en Bélgica. Continuando porque aspiran a hacerse con el espacio político que ocupaba primero CiU y después JxC. Y terminando porque en Moncloa se sienta un tipo, un tal Pedro Sánchez, que está dispuesto a llegar a un generoso acuerdo con ellos que incluya, por un lado, amnistiar a Junqueras y, por otro, entregarles en bandeja el Gobierno de la Generalidad, algo que siempre anhelaron pero que les fue esquivo.

Así que Torrent hizo lo que se preveía. Se resistió un poco para cubrir el expediente de independentista rebelde y a los cuatro días se plegó a las exigencias del TSJC soplándole el escaño a Torra en sus mismas narices. Tenía, además, la excusa perfecta: él no quería, pero ya se sabe, la opresión española es tremenda y mejor no resistirse a ella porque lo mismo envían allí a la Legión o a un tabor de regulares de Melilla. En resumen, que les ha salido perfecta la jugada. A ellos y al propio Sánchez, que se quita de en medio a alguien tan impresentable como Torra, un ser sin voluntad propia, el polichinela de Puigdemont que está ahí para llevarse los palos dirigidos a su jefe a quien, por cierto, visita regularmente en Bruselas, entiendo que no tanto para recibir instrucciones (esas ya se las puede dar por teléfono), como para que se vea quien manda ahí.

La parroquia procesista está, por lo tanto, dividida y no sabe de qué lado tirar. Para el independentista medio lo importante es la independencia y el politiqueo es secundario. Para los líderes de JxC y ERC lo importante es el politiqueo (del que comen) y lo secundario es la independencia. Muchos ya van captando que la independencia no está «a tocar» como les prometieron hace tres años, así que se inclinan más por la estrategia esquerrista para conseguir la independencia a medio plazo. Ellos quizá no la vean, pero si al menos sus hijos.

En el último barómetro del Centro de Estudios de Opinión de la Generalidad, realizado a finales de diciembre, ERC rompía el empate que tuvo con JxC en las elecciones de 2017. En aquel entonces ambos obtuvieron el 21% de los votos, hoy le sacarían seis puntos que, traducidos a escaños, serían unos 38 ó 39. Sumados a los 25 que le dan al PSC se quedan al borde de la mayoría absoluta, algo que alcanzarían sin problemas con el concurso de Podemos, que, según este sondeo, obtendría unos 12 ó 13 escaños.

Una reedición puesta al día del tripartito que gobernó en Cataluña durante siete años entre 2003 y 2010. Esos son los únicos cálculos que preocupan en ERC y en el PSC, por eso era tan urgente cepillarse a Torra y airear a Junqueras por televisión. Había que dejar el camino expedito para unas nuevas elecciones que se convocarán en breve. Entretanto Torra queda como presidente pero en modo fantasmagórico. No puede serlo, pero lo es ya que ni ha dimitido ni le han cesado. Un remate inmejorable para una legislatura que, en muchos aspectos, ha sido psicotrópica.

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