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La ratonera

El 12 de noviembre a media mañana se veía a Pedro Sánchez muy ufano en el Congreso anunciando su Gobierno «de progreso» con Pablo Iglesias. Parecía que ya estaba todo hecho: un abrazo, unas sonrisas y a repartir ministerios. Pero no, no era tan fácil. El 10-N Sánchez e Iglesias quedaron a 21 escaños de la mayoría absoluta. Podrían gobernar, pero antes tienen que pasar por el engorroso trámite de la investidura, en la que en segunda vuelta basta una mayoría simple… siempre y cuando no haya más noes que síes. De haber más noes Sánchez naufragaría por tercera vez en una sesión de investidura.

Necesita garantizarse como mínimo las abstenciones y mucho donde elegir no tiene. El PP, Ciudadanos y, por descontado, VOX, ya han anticipado que se opondrán en la investidura. Podemos ya está en la cesta, así que no hay mucho más. Todo pasa por ERC. Algo, en definitiva, similar a lo que ocurrió en la pasada legislatura. La izquierda carece de fuerza suficiente y no le queda otra que apoyarse en partidos independentistas como ERC o nacionalistas como el PNV. Se podría, claro está, romper de nuevo la baraja y acudir otra vez a las urnas, pero nadie quiere. Sánchez, además, no estaría moralmente autorizado a repetir después de dos intentos fallidos en seis meses.

De modo que a algún tipo de pacto tienen que llegar, la cuestión es saber el tipo exacto que escogerán. ¿Cederá Sánchez hasta el borde mismo de la legalidad o lo hará Junqueras comprometiendo su posición -y su palabra- con su propia base social? Pueden buscar una entente y, de cara a la opinión pública, vender un acuerdo enmascarado con algún placebo, algo así como un nuevo estatuto o una reforma en profundidad del actual.

Esto podría haber valido hace diez o quince años, pero ahora es tarde. Los independentistas de a pie, los sufridores del procés, no quieren un estatuto, ya tienen uno, quieren la independencia o, como mínimo, la convocatoria de un referéndum que les acerque a ella. Un nuevo estatuto no aportaría nada relevante al actual. No quedan apenas competencias que transferir y, respecto a otras cuestiones -como los 14 artículos que retiró el Constitucional del estatuto de 2006-, sería absurdo volver sobre ellos porque el tribunal ya se manifestó al respecto por lo que reincidir supondría para Sánchez desobedecer al Constitucional.

ERC está deseando desobedecer al Constitucional y entregar algo a sus votantes, la mayor parte de los cuales no verían del todo bien que su partido se haya rebajado a un vulgar autonomismo por mucho que sea con un estatuto mejorado. Simplemente no se lo pueden permitir porque en casa tienen competencia. Saben que cualquier debilidad enviaría miles de votos al partido de Puigdemont en unas elecciones autonómicas que se presumen cercanas.

Hay, además, otro elemento de peso. El líder de ERC está en prisión y dos ex consejeros (Meritxell Serret y Toni Comín) se hallan huidos de la Justicia, amén de la ex secretaria general Marta Rovira, que se fugó a Suiza en marzo del año pasado. Cerrar un acuerdo con un partido que tiene tanto presidiario y tanto prófugo no sólo tendría un coste en términos políticos, sino también de imagen. ¿Cómo explicaría Sánchez en Bruselas que, mientras él gobierna gracias a Oriol Junqueras, el Tribunal Supremo ha condenado al propio Junqueras a 13 años de cárcel por sedición y malversación?, ¿cómo va a explicar a sus socios europeos que, mientras la Justicia española emite una euro orden para apresar a los ex consejeros de ERC, él pacta con ese mismo partido?

Sencillamente no tiene sentido a no ser que se quiera hacer borrón y cuenta nueva, dar por bueno lo que ERC hizo en Cataluña hace dos años y reformar la Constitución para posibilitar un referéndum de autodeterminación. Lo primero puede hacerlo, lo segundo no. No le llegan los escaños para pasar la investidura pero tampoco para meterse en una reforma constitucional como la que pretenden sus socios. Es tan ambiciosa que habría de hacerse por el procedimiento agravado, el que contempla el artículo 168, y que requiere dos tercios de ambas cámaras, es decir, 234 diputados en el Congreso, algo que no suman ni el PSOE y el PP juntos.

Como vemos Sánchez se ha metido en una buena ratonera. Ya lo estaba hace unos meses pero la de ahora es peor porque está más debilitado y con mucha más urgencia que en abril. Aún si consiguiese pasar la investidura, su Gobierno puede llegar a ser lo más parecido a un potro de tortura. Aprobar los presupuestos del año próximo, algo para lo que necesita mayoría absoluta y el concurso necesario de ERC, puede convertirse en algo parecido a escalar el Aconcagua descalzo y en pleno invierno.

Ahora es cuando se percata de que no debió apostar tan fuerte en verano, que ir a nuevas elecciones fue un error capital que puede terminar costándole el puesto. Pena por él no vamos a sentir.

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