La revolución del telégrafo

Pocos inventos cambiaron tanto el mundo como el del telégrafo, que hizo su aparición en su modalidad óptica a finales del siglo XVIII. Hasta ese momento para enviar mensajes a larga distancia había que hacerlo personalmente desplazándose. Eso ralentizaba mucho la comunicación y entrañaba infinidad de riesgos. Los mensajes a menudo se perdían por el camino o eran interceptados. Con eso en mente, en la segunda mitad del siglo XVIII varios inventores europeos se plantearon construir un sistema de atalayas que mantuviesen entre ellas contacto visual para así, mediante un código determinado previamente, pudiesen transmitirse mensajes en distancias muy largas.

Este de las atalayas fue el primer sistema de comunicación discrecional a distancia y se le conoce como telégrafo óptico. Los franceses fueron los primeros en ponerlo en marcha en pleno periodo revolucionario, en 1793. Fue la guerra lo que empujó su aparición y su difusión ya que según empezó a funcionar otras potencias lo adoptaron sin dudarlo. La nueva república tenía a todos los monarcas de Europa en contra por lo que necesitaba un medio de comunicación rápido, fiable y seguro con los distintos frentes en los que combatían. El sistema de torres equipadas con señales móviles funcionó muy bien y en los años siguientes el telégrafo francés se extendió por todo el continente.

El sistema óptico fue un gran avance, pero tenía algunos inconvenientes importantes. Por la noche no se podía utilizar, tampoco cuando había niebla o mal tiempo. Por esa razón y aprovechando los nuevos descubrimientos que se habían hecho en el campo de la electricidad, un científico británico llamado Francis Ronalds inventó en 1816 un nuevo tipo de telégrafo que se valía de un generador electrostático. Ofreció su invento al almirantazgo, pero no le vieron utilidad ya que el telégrafo óptico que habían instalado entre Londres y Portsmouth les valía para enviar órdenes a la flota.

El invento de Ronalds prometía, pero aún no había llegado su momento. Lo haría dos décadas después cuando, también en Inglaterra, empezaron a tenderse las primeras líneas ferroviarias. De este modo un invento y otro se apoyaron mutuamente. El ferrocarril era veloz y necesitaba una transmisión de señales que también lo fuese. En 1837 entró en funcionamiento el primer telégrafo comercial entre Londres y Birmingham. Era obra de dos inventores británicos llamados William Cooke y Charles Wheatstone. Estaba formado por cinco cables y su uso entrañaba cierta complejidad. Al otro lado del Atlántico, en Estados Unidos, Samuel Morse se propuso mejorarlo reduciendo todo el sistema a un simple cable con dos estaciones en los extremos y lo consiguió. En 1844 las ciudades de Baltimore y Washington quedaron unidas por una línea telegráfica de un solo cable por el que discurría la señal en código creado por el propio Morse y que adoptó su nombre.

El código Morse codificaba el alfabeto latino en pulsos eléctricos largos y cortos. A diferencia del de Cooke y Wheatstone, era sencillo de aprender y podía aplicarse en otras aplicaciones como las señales marítimas o mediante lámparas. Años después se convirtió en el código internacional. El telégrafo eléctrico se extendió por todo el planeta en la segunda mitad del siglo XIX pulverizando las distancias. Creció con la red ferroviaria, pero no se quedó ahí. Los ingenieros querían más, en 1866 se tendió la primera línea telegráfica que cruzaba el Atlántico y unos años más tarde Australia quedó unida al resto del mundo mediante un cable telegráfico. Imperios como el británico no hubieran sido posibles sin la expansión del telégrafo que terminó muriendo de éxito ya que inventos como el teléfono o la radio se inspiraron en él y terminaron tomándole el relevo.

En El ContraSello:

  • La guerra de la Vandea
  • El bandolerismo

Bibliografía

Be the first to comment

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.