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Marlaska zombificado

Hasta tres versiones ha dado el ministro Marlaska de la destitución de Diego Pérez de los Cobos. En un tiempo record además, apenas una semana. La primera vino con una generosa descarga de tinta de calamar incorporada cuando anunció la equiparación salarial entre los distintos cuerpos de policía, una vieja demanda de la Guardia Civil y la Policía Nacional que el ministro guardaba en el cajón por si se veía muy apurado. La equiparación salarial era algo justo, pero nada tenía que ver con lo que se estaba tratando, lo que viene a confirmar que el ministro se encontraba acorralado y buscaba una vía de escape recurriendo a algo a lo que se había negado hasta la fecha.

En aquel momento Marlaska decía que era un simple relevo, pero llamaba la atención que el relevo en cuestión llegase en pleno estado de alarma y que para colmo no estuviese ni siquiera decidido el sustituto. Tras aquello el ministro fue interpelado en el Congreso y en el Senado dos días después, pero seguía echando balones fuera escudándose en la falta de confianza. Era fácil imaginar la razón por la que había sido cesado Pérez de los Cobos, pero Marlaska se revolvía como una pescadilla y ponía a toda la armada mediática del Gobierno a su servicio. Como era previsible salió en su ayuda y disparó a discreción fuego de cobertura para proteger una posición que al Gobierno le estaba costando cada vez más defender.

Así hasta la filtración de un documento interno de la Guardia Civil clasificado como reservado en el que la directora del cuerpo, María Gámez, lo desmonta todo con una sola frase. De los Cobos fue cesado por “no informar del desarrollo de las investigaciones y actuaciones de la Guardia Civil en el marco operativo y de policía judicial con fines de conocimiento”. Fin de la partida, hasta aquí llegaba la desesperada carrera del ministro para huir de lo inevitable. A partir de este punto puede irse o permanecer donde está, pero ya en condición de cadáver político enterrado por el descrédito y la vergüenza de haber cesado irregularmente a un Guardia Civil y de haber mentido posteriormente en sede parlamentaria para ocultarlo.

Parece increíble que todo un magistrado de la Audiencia Nacional, un tipo respetado y admirado a partes iguales, haya caído en esto, pero así es, el sanchismo es lo más parecido a una máquina de triturar curriculums. No lo ha hecho por accidente, sino de forma deliberada, plenamente consciente y en comandita con otros dos altos cargos: el secretario de Estado de Seguridad, Rafael Pérez Ruiz, y la susodicha María Gámez, cuya torpeza es la que ha terminado por crucificar a su jefe. Porque aquí ya no caben interpretaciones en tanto que Gámez fue extraordinariamente precisa motivando el relevo de Pérez de los Cobos. No hay “nuevo impulso”, no hay un “simple relevo”, no hay “falta de confianza”. Hay lo que hay y lo que todos sospechábamos que había.

De los Cobos fue cesado por hacer su trabajo en colaboración con un juzgado actuando como policía judicial, lo que no sólo no le obligaba a informar de sus investigaciones, sino que se lo impedía expresamente. En ese momento la superior de De los Cobos no era María Gámez, sino Carmen Rodríguez-Medel, que debería abrir una investigación para depurar las responsabilidades pertinentes ya que, a todas luces, este lamentable episodio supone una intromisión flagrante del poder ejecutivo en el judicial. No deja de ser chocante habida cuenta de que tanto Marlaska como Pérez Ruiz son jueces, Pérez Ruiz llegó incluso a ser letrado del Consejo General del Poder Judicial, lo que echa un puñado de sal sobre la herida. Aquello de que no hay peor cuña que la hecha de la misma madera encuentra aquí una demostración dolorosamente palmaria. Si había alguien en el Gobierno que conocía los límites que el Ejecutivo nunca debe traspasar eran estos dos caballeros y han sido precisamente ellos quienes con más descaro y desprecio por la ley lo han atravesado.

Y todo al final, ¿para qué?, ¿para tratar de tapar el sol con el dedo?, ¿para proteger a un Gobierno que hace aguas por los cuatro costados? En semejante empeño han quemado Marlaska y Pérez Ruiz toda su credibilidad. La del primero ya era decreciente desde que tomó posesión como ministro hace dos años. ¿Con qué cara regresará a la carrera judicial cuando no le quede más remedio porque su situación política sea insostenible y Sánchez le sacrifique para limpiar con ello sus muchos otros pecados?

Lo que enfrenta este hombre ahora es un auténtico calvario político pero también judicial porque el cese se da de bruces con la apertura de las diligencias del caso el 23 de marzo, cuando Rodríguez-Medel lo dejó por escrito en una providencia que la policía judicial debería guardar “rigurosa reserva sobre la evolución y el resultado de las investigaciones”. El cese contraviene la orden de la jueza y nos dice que tanto Gámez como Marlaska pusieron a Pérez de los Cobos en la disyuntiva de obedecerles y cometer un delito violando la “rigurosa reserva” que le exigía la magistrada, o exponerse al cese de su cargo. De los Cobos escogió lo segundo, lo cual le honra como Guardia Civil y, al mismo tiempo, envilece a María Gámez como directora y a Marlaska como ministro de Interior.

Ha quedado todo tan cristalino, la trapisonda está tan a la vista que, al margen de las consecuencias penales que se deriven de este asunto, Marlaska no debería seguir ni un minuto más al frente del ministerio del Interior. Su desafuero es de tal calibre, su violación del artículo 126 de la Constitución tan manifiesta, su insolencia tan bochornosa que si permanece en el cargo lo hará como un zombi desprovisto de toda autoridad moral. Ídem con María Gámez, que quizá no sea consciente del despropósito porque no deja de ser una profesional de la política que hizo la práctica totalidad de su carrera en la Andalucía de Chaves y Griñán. Pero Marlaska si que lo sabe porque es juez y conoce la ley al dedillo. De él depende que esto no pase de aquí o hacer más profunda aún la fosa en la que él mismo se ha metido.

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