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Vuelta a la normalidad

A la luz de lo publicado durante el último mes a ambos lados del canal de la Mancha es tentador concluir que la victoria de Boris Johnson en las elecciones del 12 de diciembre es un parteaguas que marca un antes y un después en la política británica. Con 163 cabezas que le sacó de ventaja al Partido Laborista se asegura una mayoría de esas que se tarda mucho tiempo en perder y dan, como mínimo, para dos legislaturas completas. Eso en aquel país son diez años exactos, casi lo mismo que Margaret Thatcher, que gobernó once y ganó tres elecciones seguidas.

Thatcher fue la dueña del Reino Unido durante los ochenta, cambió profundamente el discurso y hasta la manera de hacer política, pero al final cayó acuchillada por los suyos después de haber convertido al conservador en el partido hegemónico. Boris está aún lejos de algo así. Lo suyo se debe a una gigantesca anomalía, el Brexit, un cisne negro que ha terminado por realinear los bloques políticos británicos consolidando a los conservadores y castigando con gran severidad a los laboristas.

Pero esto lo vemos ahora. En las elecciones de 2017, un año después del referéndum, el laborismo se colocó a sólo dos puntos porcentuales de los conservadores. Parecía una cuestión de tiempo, de no demasiado tiempo, que Jeremy Corbyn tomase el relevo. Pero ha sucedido todo lo contrario. El británico era un ambiente político muy líquido en el que podía pasar cualquier cosa. Los últimos tres años y medio de vida política británica han sido extraordinariamente difíciles y hasta cierto punto caóticos, especialmente el último.

A pesar de que el Gobierno de Theresa May y los de la Unión Europea alcanzaron un acuerdo de salida satisfactorio para ambas partes hace ya más de un año, el Parlamento se negó a reconocerlo por distintas razones: unos porque les parecía demasiado blando, otros porque simplemente estaban en contra del Brexit y decidieron desde el primer momento torpedearlo desde su escaño. Los contrarios al Brexit se entusiasmaron con la crisis abierta dentro del Partido Conservador y se vinieron arriba. Tanto laboristas como liberal-demócratas y nacionalistas escoceses llevaban meses insinuando o diciendo abiertamente que había que repetir el referéndum porque lo de 2016 fue un error y los británicos votaron desinformados.

Esta «rebelión» quedó abortada el mes pasado en las urnas. No volverán a oírse los reclamos de celebrar de nuevo el referéndum. Ahora que Johnson dispone de una mayoría clara puede sacar esta cuestión del Brexit del atolladero en el que está metida desde hace un año. La salida se producirá previsiblemente el próximo 31 de enero y se pasará entonces a la siguiente fase, la de negociar la nueva relación entre el Reino Unido y la Unión Europea. Para ello tienen tiempo y, lo más importante, su Gobierno tiene lo que le falto a May, una mayoría sólida en Westminster y una oposición devastada y metida de lleno en una crisis de identidad.

El Partido Laborista ha visto como muchos de sus votantes se han pasado en masa a los conservadores, especialmente en bastiones laboristas antes inexpugnables del centro y el norte de Inglaterra. Hubo distritos que en más de un siglo desde su creación nunca habían enviado a Londres un diputado conservador. De ahí que lo primero que se advirtió es como Johnson había conseguido derribar el «red wall» que parecía eterno y que se le resistió incluso a Thatcher.

Lo consiguió invirtiendo los términos del debate. Convenció a los votantes de que el día 12 no se hablaba de izquierda y derecha, sino de resolver de una vez lo del Brexit. Influyó también la nula tracción de Corbyn, un líder laborista a quien su clientela habitual percibía como un extraño más enfocado en las batallas identitarias de la nueva izquierda y su rosario de ismos que en las demandas tradicionales del laborismo británico, que en esencia es una socialdemocracia no especialmente ambiciosa.

El equipo de Johnson, capitaneado por Dominic Cummings, uno de los artífices de la campaña del Brexit conocido mundialmente gracias a una película en la que Benedict Cumberbatch se metió en su piel, lo captó a la primera y se envolvió en la Union Jack haciendo del Partido Conservador el hogar político de todos los que, en mayor o menor medida, están a favor de irse de la Unión Europea. Es decir, una mayoría asegurada porque si el referéndum se repitiese los resultados serían muy similares a los de hace tres años.

¿Significa esto que el Reino Unido está experimentando una realineación de las lealtades políticas? Hay muchas razones para ser escéptico al respecto. La primera y fundamental es que no hay nada que impida que los desertores del laborismo regresen a casa después de haber resuelto el atasco del Brexit. Una vez hecho esto Johnson se centrará en el grueso de su electorado, no en los invitados de última hora.

Dentro del propio Partido Conservador tampoco hay una unidad férrea. Ese partido es y siempre fue una jaula de grillos. Hace sólo seis meses se estaban tirando ladrillazos a la cabeza por televisión. Lo hacían, naturalmente, por el dichoso Brexit y la política europea en general. Tras ganar las primarias Johnson expulsó a unos cuantos diputados rebeldes y eso, sumado a la aplastante victoria electoral, le ha garantizado una tregua que no sabemos cuánto durará porque en el Reino Unido el diputado no le debe su escaño al partido, sino a los votantes de su circunscripción.

Hay diputados conservadores que vienen del Gran Londres, otros de Manchester, otros de las Midlands, otros de los condados rurales del oeste y otros de Irlanda del Norte. El mismo acuerdo alcanzado con Bruselas puede gustar mucho a los granjeros de Dorset y nada a la City londinense, mucho a las grandes empresas del FTSE 100 y poco a los trabajadores autónomos que en el Reino Unido son legión.

Esas fisuras serán aprovechadas por sus oponentes que no van a estar en crisis eternamente. El votante es muy olvidadizo y en menos de un año nadie se acordará por qué votó a este o a aquel. Se dejará influenciar por los temas del momento y lo que le afecte personalmente. No termino yo de ver la presunta «revolución conservadora» de la que muchos hablan desde que se concluyó el recuento. Se confunden a menudo los deseos con la realidad. Todo lo que ha ocurrido en el Reino Unido en tres últimos años ha sido excepcional. Llegó la hora de regresar a la normalidad.

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