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El infausto legado de May

El Brexit se cobró en mayo su segundo primer ministro en menos de tres años. Primero cayó David Cameron tratando de expiar sus culpas por un referéndum que convocó para ganarlo pero que perdió. Ahora la que ha caído es su sucesora, Theresa May, una mujer que quiso ser la reencarnación de Margaret Thatcher y que se ha quedado en una versión posmoderna de James Callaghan y su invierno del descontento.

El de May ha sido un mandato corto. Llegó en julio de 2016 y hace menos de dos años pasó por las urnas para darse un baño de popularidad. Lo que se llevó fue un palo en el lomo. Perdió trece diputados en los Comunes y vio como el laborismo se rearmaba en torno a la figura de Jeremy Corbyn. Después de aquello fue empalmando los tropiezos hasta ponerse ella misma en una situación insostenible.

Cierto es que no lo tenía fácil. El Brexit es una ratonera de la que nadie sabe muy bien como salir. May creyó conocer el modo pero nadie más le creía. El que venga tras ella se encontrará ante idéntico problema pero con apenas tiempo para reaccionar, por lo que no es de extrañar que este monstruo termine devorando también a su sucesor.

Con todo, May lo intentó. El día de su dimisión verla llorar delante de las cámaras provocaba genuina lástima. Podría decirse que ha nadado contra corriente y ha muerto a sólo dos metros de la orilla. Pero no, ha nadado para morir en mitad del río después de pasar dos años haciendo círculos. Probablemente lo sabía porque May de tonta no tiene un pelo pero, ¿qué otra opción le quedaba?

Al final ninguna, pero en origen si que las tenía. Cameron le legó una sólida mayoría en la cámara baja y relativa tranquilidad de puertas adentro. Tras ceñirse la corona que los pretorianos del Partido Conservador le entregaron sobre un cojón el julio de 2016 empezó a titubear. Desde entonces no ha dejado de hacerlo.

Tardó nueve meses en invocar el artículo 50 del Tratado de la UE para salir formalmente de la Unión poniendo así el cronómetro regresivo en marcha. Desde ese momento tenía dos años exactos para negociarlo todo en Bruselas y en casa. Pero saltó sin red, lo hizo a tontas y a locas dando por bueno que la suerte ayuda a los audaces. Y los ayuda, claro, a los audaces que sobreviven, de los que se despeñan nadie recuerda su audacia y si, en cambio, su temeridad suicida.

Con el reloj corriendo convocó elecciones a pesar de que no era necesario. La cómoda victoria de Cameron en 2015 le daba cuatro años de mayoría absoluta en los Comunes y, sobre todo, la ilusión de que esa legitimidad se mantenía intacta. May ganó las elecciones, pero perdió la ventaja parlamentaria, por lo que tuvo que ponerse en manos del Partido Unionista de Irlanda del Norte, los más puros de entre los puros y, naturalmente, partidarios a ultranza del Brexit. En ese punto quizá debió dimitir, pero no lo hizo. Dijo que tenía el mandato popular para negociar el acuerdo de salida con Bruselas y a ello se afanó durante más de un año.

A un acuerdo llegó si, pero un acuerdo realmente malo, tan malo que no lo querían ni sus propios ministros. Les dio a elegir entre el cargo o apoyar el plan de salida. Les citó a todos hace casi un año en su quinta de veraneo de Chequers y allí les puso el sapo para que lo deglutieran sin cocinar o se marchasen por donde habían venido. El primero en irse fue el secretario de Estado para el Brexit, David Davies. El segundo el ministro de Exteriores, Boris Johnson. La tercera debió haber sido ella, pero no lo hizo.

Debió haber supuesto que si el plan no lo aceptaba ni su propio gabinete, ¿cómo iba a aprobarlo un parlamento que ya tenía en contra y donde la estaban esperando con la daga entre los dientes? Pasó lo que tenía que pasar. El plan Chequers se estrelló dos veces contra la cámara, una en enero y la otra en marzo. Ambas de manera especialmente humillante. Se le pusieron en contra 432 diputados y sólo le apoyaron 202.

Tras aquello debió irse, pero no lo hizo. Se la volvió a jugar. Esperó a que se consumiese el plazo, que expiraba este 29 de marzo, para forzar un sí in extremis. No lo obtuvo. La treta se veía a la legua. Esta fue su última audacia, la apuesta que terminaría por enterrarla definitivamente. Unos días después, ya en abril, tuvo que viajar a Bruselas con la cabeza gacha para mendigar una prórroga con la popularidad por los suelos y algo más que ruido de sables en el cuartel general del partido.

Después de eso no le quedaba ni un conejo en la chistera. Podía convocar nuevas elecciones y tratar de presentarse otra vez o dimitir. Lo primero era impensable, nadie en su partido da un chelín por ella. Sólo le quedaba una bala y es la que empleó la semana pasada poniendo fin de este modo a una agonía que, además, lo tenía parado todo en el Reino Unido.

Como primer ministro ha sido un auténtico desastre. Y no sólo por su calamitosa gestión del Brexit, sino por su propia acción de Gobierno. May carece de estatura intelectual y de una sola convicción firme. En las elecciones de 2017, observando el avance de Corbyn, presentó un programa electoral que hacía las delicias de los laboristas que nunca le iban a votar. Incluía regulaciones del mercado laboral, control de precios en la energía y la capitulación ante todas las modas políticamente correctas de los últimos años.

Cada vez que su Gobierno veía un problema se ponían a legislar como locos y, a menudo, a prohibir por puro gusto. May concibe la política como una secretaria de Estado de Interior, que, no tan casualmente, es donde ha pasado la mayor parte de su carrera. Este es un detalle importante. Desde el ministerio de Finanzas o el Banco central las cosas se ven de otro modo. La economía es compleja, la línea entre los buenos y los malos no está muy clara y son habituales las consecuencias inesperadas. Desde el ministerio de Interior, en cambio, todo es mucho más sencillo. Si encuentras un criminal lo detienes, si hay inmigrantes ilegales los deportas, si localizas un espía extranjero lo neutralizas. No hay muchos matices para resolver los problemas.

A May la economía le confunde y desagrada a partes iguales. Quizá por eso cerró un acuerdo con Bruselas tan rematadamente malo para los intereses de su país. Pensó que si cedía en todo lo que le pedían en Londres le aplaudirían por «resolver el problema». Pero no, en Londres saben bien lo que se juegan en este brete, de hecho no piensan en otra cosa desde hace tres años.

Ahí tenemos los resultados de las pasadas elecciones europeas. El Partido del Brexit, una plataforma improvisada por el euroescéptico Nigel Farage, arrasó en las urnas. Consiguió un tercio de los votos, salidos en su práctica totalidad del Partido Conservador, que se hundió hasta el quinto puesto por debajo incluso del Partido Verde. No es del todo casual que May dimitiese sólo dos días antes de los comicios. Algo así se lo temía. El Partido del Brexit es, de hecho, la última línea de su legado.

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