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Dineros son calidad

Dineros son calidad
¡Verdad!
Más ama quien más suspira
¡Mentira!

Cruzados hacen cruzados,
Escudos pintan escudos,
Y tahúres muy desnudos
Con dados ganan condados;
Ducados dejan ducados,
Y coronas majestad,
¡Verdad!

Esta letrilla la compuso Luis de Góngora en 1601. En aquella época se hablaba mucho de dinero en España. Reinaba Felipe III y el tesoro americano estaba en su apogeo. A Sevilla llegaba anualmente la flota de Indias cargada de oro y plata extraídos de las mimas mexicanas y peruanas. La abundancia de metal precioso hizo subir los precios y esa preocupación por el dinero se trasladó al pueblo llano y, por supuesto, a los poetas.

El dinero no era algo nuevo. Se había inventado dos mil años antes lejos de España, en el reino de Lidia. En torno al año 600 a.C los reyes Giges y Creso acuñaron unas monedas en electro (aleación de oro y plata), poco después el rey de Persia les imitó y así nació el dárico, una moneda de oro puro de unos 8 gramos que fue muy apreciada. El nombre se lo debía a su creador, el rey Darío.

No tardarían los griegos en apuntarse al nuevo invento, que ahorraba muchos dolores de cabeza en los intercambios comerciales. La moneda era una forma interesante de dinero porque valía para todo, era fácilmente transportable, se prestaba a la transformación y era poco costoso custodiarla y almacenarla. Con tantas ventajas la nueva tecnología se implantó rápido. Hacia el año 300 a.C las monedas eran de uso común en toda la cuenca mediterránea.

Había comenzado la odisea del dinero en metálico. El mundo no volvería a ser el mismo. Se agilizaron las relaciones comerciales y nuevas áreas del mundo se incorporaron al mercado. Todos querían monedas porque la moneda servía para adquirir cualquier cosa: desde medidas de trigo hasta voluntades políticas. Hoy en La ContraHistoria vamos a sumergirnos en la historia de esos pequeños discos metálicos por los que todos suspiramos.

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